Barcelona tiene excelentes librerías, como por ejemplo La Central, que yo calificaría sin titubear como una de las mejores del mundo, tanto por el criterio de su catálogo como por su vuelo intelectual y su curiosidad internacional. También por la amplitud de su oferta, elemento de peso para todo amante de los libros que, como tal, no sólo aprecia la calidad de los títulos, sino también su abundancia. O, por decirlo de otro modo, la posibilidad de perderse entre muros de estanterías colmadas de tomos y así olvidarse por un rato de las ansiedades del mundo.
Strand Books, la célebre librería neoyorquina en la esquina de Broadway con la calle 12, es en este sentido imbatible. Su lema nos dice que en sus varias plantas y en sus abigarradas estanterías reúne 18 millas de libros. Es decir, unos dos millones y medio de ejemplares, la gran mayoría de segunda mano, en buen estado y a precios muy competitivos.
Hasta el 2005, Strand Books no tuvo aire acondicionado. Ir en verano a este comercio con suelos de madera crujiente  era como ir a la sauna. Cada tantos metros, un potente ventilador generaba vientos de huracán caribeño, pero según se adentraba uno por los estrechos y secundarios desfiladeros de libros, el frescor menguaba... y vuelta a la sauna. Sin embargo, para muchas personas la idea de felicidad era dedicar una mañana o una tarde, sin prisas, a curiosear en la sección de estudios culturales, la de novela negra o la de guerras napoleónicas, y leer cientos y miles de lomos en busca de un título largamente buscado, o de otro tan desconocido como prometedor.
Debemos este placer a Fred Bass, el propietario de Strand Books, fallecido el pasado día 3 a los 89 años, tras dedicar más de 70 al oficio de librero. A partir de los 13 años, con su padre de origen lituano en una tienda de la Cuarta avenida. Luego, desde 1956, en su local actual, caracterizado por su marquesina roja, por sus mesas callejeras, y por su bullicio interior, gentileza de cientos de clientes que circulan, como hormigas en su hormiguero, por sus incontable galerías, y de decenas de empleados encargados de la constante rotación de volúmenes. Bass presidía esta isla de felicidad libresca desde la mesa de madera, bajo el cartel Sell your books here, en la que durante decenios compró a particulares los libros que luego vendería. Desde la que fue viendo expandirse su negocio (acabó comprando todo el inmueble por 8,2 millones de dólares en 1997), convertirlo en el mayor de segunda mano del mundo y en una atracción turística de Nueva York que visitan incluso los viajeros iletrados.
En los tiempos de Amazon, podemos tener cualquier libro en casa en pocas horas. Pero no podemos tenerlos todos (o casi todos) como los tienen en Strand Books. Por ello su oferta continuará seduciendo a los bibliófilos, y Fred Bass seguirá vivo, ya para siempre, en el recuerdo de cuantos un día disfrutaron de su librería.

(Publicado en "La Vanguardia" el 28 de enero de 2018)