Boris Johnson es el primer ministro del Reino Unido. Pero a menudo parece que quien lleva la batuta es Dominic Cummings, su principal consejero. Hasta hace poco, Cummings era un tipo en la sombra, malcarado, huidizo, que salía de Downing Street a la carrera, como si estuviera llevándose la cubertería plata. O como si quisiera evitar las preguntas incómodas de los periodistas. Pero en las últimas semanas se ha situado bajo los focos, tras saberse que había burlado el plan de confinamiento nacional, en parte perfilado por él, y conducido 400 millas hasta llegar a casa de sus padres. 
La mayoría de los británicos creen que Cummings debería dimitir, porque el Gobierno no puede dar órdenes a la población para luego saltárselas. Pero Cummings y Johnson hacen como quien oye llover y esperan a que escampe. A pesar de que al premier la broma le costó muchos puntos de popularidad en sólo cuatro días. Y aquí llega la pregunta –y la respuesta– del millón: ¿por qué no despidió Johnson a Cummings, habida cuenta de que metió la pata y está perjudicándole? Respuesta: porque Johnson necesita la guía programática de Cummings, como un ciego a su lazarillo, y porque depende psicológicamente de él.
En los círculos del poder, la figura del consejero o del jefe de gabinete es un clásico. Ha asistido de antiguo a reyes, príncipes, presidentes y primeros ministros. El zar Nicolás II confió en Rasputin, místico de mirada subyugante (y acabó como acabó). Cummings sería ahora el Rasputin de Johnson. Y, salvando las distancias, Pedro Sánchez tiene en Iván Redondo, director del Gabinete de Presidencia, a su diseñador de estrategias, tácticas, escenografías, vestuario y gestualidad... además de a su bombero cuando todo eso falla.
En la cima del poder el líder político sufre –dicen– una gran soledad. La responsabilidad pesa muchísimo. De ahí que la figura del consejero venga bien. Dicho esto, sus papeles no son intercambiables. Porque no tiene la misma legitimidad un presidente democráticamente elegido que un técnico capaz de trabajar hoy para un azul y mañana para un rojo, sin haber pasado por las urnas. Estos últimos están para aconsejar, no para mandar.
Pero ocurre que quien empezó, pongamos por caso, como jefe de gabinete puede animarse y ponerse el sombrero de mago de la comunicación, de spin doctor o, incluso, de svengali. Todos ellos fueron contratados para asistir al que gobierna. Pero su ambición es distinta. Veamos.
La labor del jefe de gabinete –de un alcalde o un presidente– consiste en sugerir y programar las acciones del político, adecuándolas a los fines estratégicos del gobierno, a la consolidación de su mensaje y al logro de los objetivos. El electo toma decisiones. El jefe de gabinete las facilita. 
En la política actual, lo que no se co­munica no existe. Por eso, el esfuerzo ­comunicativo es indispensable. Puede tutelarlo el jefe de gabinete o un responsable de área. En la comunicación, que antaño fue de tono institucional, prima ahora la proyección del político al ritmo frenético de las redes sociales. Eso ha fortalecido la figura del spin doctor, un responsable de comunicación que a veces parece tomar esteroides o alucinógenos: presenta las ideas y las acciones del gobierno con luz favorecedora, mejor de lo que son. Lo cual puede tener efectos positivos a corto plazo, pero lleva al tacticismo (y sus accidentes) y puede dañar la estrategia de fondo.
Si un jefe de gabinete torpe o un spin doctor demasiado imaginativo son una amenaza para la gestión del político, un svengali es algo aún más peligroso. Con este nombre –procedente de una novela de George du Maurier en la que un hipnotizador domina la voluntad de una chica– se define en el mundo anglosajón al consejero que se mete al jefe en el bolsillo y acaba mandando más que él. Esta definición le cuadra al consejero de Johnson.
Dominic Cummings cursó Historia Antigua y Moderna en Oxford y se dice –¡ay!– admirador de Bismarck. Según Robin Lane Fox, un profesor común, Cummings es mucho más listo que Johnson. Suyos son el lema “Take back control” y el diseño de la exitosa campaña del Brexit. Suyo es el lema “Get Brexit done”, que llevó a Johnson a Downing Street, parte de cuyo staff, y no pocos ministros, le deben el cargo. Cummings dice –como Trump– que quiere arrebatar a las élites el poder británico y dárselo a la gente. A tal fin, emplea a matemáticos y expertos en datos para pulsar a diario el sentir popular y obrar en consecuencia. Quizás para aparentar esta sintonía popular, Cummings ya va a Downing Street en camiseta y chándal, como si fuera un chav –un poligonero–, ajeno al traje y la corbata. Ahí ya ha probado su rupturismo. Pero en lo tocante al poder, su ambición es convencional. Si yo fuera Boris, dormiría con un ojo abierto. Y si fuera un inglés normal, con los dos. Just in case.

(Publicado en "La Vanguardia" el 21 de junio de 2020)