La política convierte a extraños en compañeros de cama. Escuché por primera vez esta frase en boca de Manuel Fraga Iribarne, mediados los años 70. El gallego tronante la usó para justificar su aproximación a Laureano López Rodó. Superando una vieja enemistad, ambos políticos franquistas, y otros, convergían entonces para crear lo que sería Alianza Popular, base del actual PP.
Fraga aprendió quizás esta sentencia –“Politics make strange bedfellows”– cuando fue embajador en Londres, entre 1973 y 1975. Ya de vuelta, la popularizó en la escena española. Aunque atribuida en su redacción final al escritor decimonónico Charles Dudley Warner, tiene su origen en La tempestad de Shakespeare, donde el náufrago Trínculo busca cobijo junto a un ser monstruoso y se consuela así: “Misery acquaints a man with strange bedfellows”: La desgracia nos encama con extraños compañeros. O sea, donde en origen se dijo desgracia después se dijo política.
He vuelto a escuchar esta cita –en su versión Fraga– ante la investidura de Pedro Sánchez, cuando JxCat y la CUP coincidieron con el PP, Ciudadanos y Vox –o viceversa– en su voto negativo al candidato socialista. He aquí una coincidencia más chocante que la de Fraga y López Rodó. E incluso que la del náufrago y el monstruo. Porque la derecha española es para los indepes, sin matices, un intratable aquelarre de fachas. Y porque los indepes son para la derecha una caterva de fanáticos nacidos para reventar la unidad de España. Aceite y agua.
La pregunta sería: ¿cómo se le queda el cuerpo a un campeón de la democracia de JxCat o la CUP tras votar en fecha tan crucial lo mismo que un español de pedra picada? Yo diría que mal, y acaso en puertas de un grave trastorno de personalidad. Más preguntas: ¿Basta ser tan contumaz como Puigdemont para votar con los que querrían cargarle de grilletes? ¿Basta que Casado, Abascal y Arrimadas se convulsionen como la niña de El exorcista ante la perspectiva de un Sánchez presidente para votar con los rompepatrias? Al parecer, sí. Al parecer, vale la pena sugerirle al mundo que es posible cierta sintonía entre Vox y la CUP, entre JxCat y Ciudadanos (con tal de fastidiar a quien prefiere sentarse a hablar para resolver los problemas). En fin, allá ellos. Al resto, a los que no son tan cabezotas, eso les parecerá un patinazo político, un mal negocio y, en términos de imagen, un borrón indeleble.
Dicho lo cual, no cabe descartar que las coincidencias entre indepes y paladines de la unidad de España existan y sean de calado. Porque ambos quieren imponer sus proyectos sí o sí. Ambos le niegan la legitimidad al rival y le denigran, pretendiendo que la única verdad es la suya.  Y ambos flirtean a veces, de modo más o menos abierto, con el guion insensato del “cuanto peor, mejor”.
Conclusión: quizás no erró quien dijo política donde antes se decía desgracia.

(Publicado en "La Vanguardia" el 12 de enero de 2020)