Donald Trump, actual presidente de Estados Unidos, es un maldito imbécil y un mentiroso profesional con la capacidad de comprensión de un escolar de diez o doce años. No lo digo yo. Lo dijeron algunos de los que fueron sus principales colaboradores en el Gobierno y la Casa Blanca, según recoge el periodista Bob Woodward en su libro Fear, editado en el 2018 en EE.UU. y ya traducido al castellano (Miedo). 
Woodward, responsable con Carl Bern­s­tein de las informaciones de The Washington Post que en los años setenta tumbaron al presidente Nixon, firma en Fear otro trabajo periodístico demoledor. Tras hablar con miembros del Gobierno y altos cargos, tras revisar documentación reservada, ha reconstruido en su libro reuniones clave del primer año de la Administración Trump, reproduciendo, palabra a palabra, lo que en ellas se dijo.
Por el precio de Fear –26,95 dólares en la librería Strand de Nueva York–, uno tiene la sensación de haber comprado una entrada de primera fila para un espectáculo teóricamente exclusivo: el gran circo en que se ha convertido la Casa Blanca bajo Trump. El protagonista de la función es, obviamente, el propio presidente, que suele aparecer por el despacho oval sobre las once de la mañana, ve entre seis y ocho horas diarias de televisión y se alimenta de hamburguesas y hot dogs. Junto a él actúan dos tipos de personas. Por una parte, los altos cargos, avalados por una carrera previa en el ejército, la Administración o las finanzas. Por otra, una camarilla de estrategas y familiares. A los primeros los ha ido despidiendo Trump a un ritmo endiablado. En dos años y medio ha fulminado ya al secretario de Estado, al de Defensa, al fiscal general, al consejero de Seguridad, al jefe de la Inteligencia Nacional, al director del FBI, a dos jefes de gabinete, a varios responsables de prensa y comunicaciones, etcétera, etcétera. Los segundos –algunos todavía en activo– son descritos por las fuentes como “asesinos natos” y “creadores de caos”, que al igual que su ­jefe “no tratan de persuadir, sino de matar, aplastar o degradar”.
Son los primeros, tras haber pasado por un observatorio tan privilegiado y haber desempeñado responsabilidades tan sensibles, los que dedican a Trump en Fear los mejores piropos. Es Rex Tillerson, ex secretario de Estado, quien le califica de “maldito imbécil”. Y es Gary Cohn, que fue su principal asesor económico, quien le tilda de “mentiroso profesional”. Y es Jim Mattis, ex secretario de Defensa, quien dice que “su capacidad de comprensión es la de un escolar de diez o doce años”...
Quizás no haga falta estar en el círculo más próximo a Trump para formarse semejantes opiniones. Basta con seguir a distancia su presidencia, que concibe como un reality televisivo en bucle, donde despliega un narcisismo enfermizo y unas políticas groseras y crueles. Valgan, como ilustración, dos pinceladas. Una: su costumbre de posar ante los fotógrafos mostrando los decretos que acaba de firmar, donde parece importar más su firma, de trazo grueso e invasivo, que su contenido, por demás ilegible. Dos: la foto de la semana pasada en la que su esposa, Melania, sonriente, sostiene al bebé de una pareja asesinada en el penúltimo crimen masivo de EE.UU., el de El Paso (Texas), mientras Trump, no menos sonriente, levanta el pulgar derecho, como si dijera que todo va bien; como si aquello fuera un bautizo y no un funeral. Pura pornografía política.
La lectura de Fear deja en el lector una sensación inquietante, que cabe resumir en esta pregunta: ¿en manos de quién estamos? Ya nos vamos mentalizando de que pronto será China la que corte el bacalao en el mundo. Pero de momento el inquilino de la Casa Blanca es el hombre más poderoso. Por ello, constatar, como hace Woodward, que Trump es una bomba de relojería no resulta tranquilizador. Y cuando, en busca de alivio, miramos hacia otro lado, a lo lejos, y nos tropezamos con Boris Johnson y sus brexiters, con Salvini y compañía, la cosa no mejora. Diríase que el mundo está ya en manos de psicópatas.
Hace menos de diez años, en lo que entonces se denominaba el oasis catalán, Artur Mas sufrió una hemorragia de optimismo y presentó su gobierno como “el de los mejores”. Luego se vio que no había para tanto. Pero, al menos, el autobombo que se hacía Mas nos sugería que la excelencia en el gobierno todavía se valoraba. Ahora ya no, visto quien ocupa ciertas residencias presidenciales. Y eso sucede no sólo porque hay mucho desalmado ocupando altas poltronas: también porque muchos les votan. Lo cual me lleva a pensar, con el debido respeto, que alguno de los epítetos de la primera frase de este ar­tículo quizás valgan para dichos votantes tanto o más que para sus electos.

(Publicado en "La Vanguardia" el 18 de agosto de 2019)