Hoy me voy a meter en un jardín. La lista de películas candidatas a los premios César –los Goya franceses, que se fallan a final de mes– la encabeza El oficial y el espía, de Roman Polanski, con doce nominaciones. Esta preferencia ha caído como un rayo en sectores feministas, que han desempolvado las acusaciones de violación de menores que pesan sobre Polanski: en 1978, el director de origen polaco se refugió en Francia huyendo de una condena en EE.UU. por sus tratos carnales con una adolescente.
No me voy a meter en este jardín aplaudiendo las apetencias sexuales de Polanski. Las relaciones de adultos con menores suelen basarse en la desigualdad y dejar una marca, a menudo traumática e indeleble, en los más jóvenes. Tampoco voy a afirmar que la libertad personal está por encima de la de los demás. Pero sí me voy a meter en tal jardín criticando la –a mi entender, mejorable– argumentación de los acusadores.
Caroline De Haas, de Osez le feminisme, se ha pronunciado en contra de las candidaturas de Polanski en los César así: “esto demuestra que el mundo del cine todavía no es consciente de la violencia sexual que sufren los niños en Francia… Al festejar a un violador fugitivo, autor de crímenes sexuales contra niños, estamos silenciando a las víctimas”.
¿Es eso exactamente cierto? Quizás no. Las candidaturas no demuestran que el mundo de los César ignore la existencia de esa violencia sexual, ni que la respalde, sino que reconoce los méritos fílmicos de El oficial y el espía. Manifestar esa preferencia por una película no equivale a suscribir la vida privada de su autor ni a silenciar a las víctimas.  Celebrar esta evocación cinematográfica del caso Dreyfus, un alegato contra el antisemitismo, no equivale a ensalzar la pedofilia.
Las víctimas de abusos sexuales y sus defensores tienen el derecho e incluso la obligación de denunciar todo lo que consideren injusto. Pero deberían hacerlo del modo más efectivo posible para, además de motivar a los militantes, sumar nuevos apoyos. Cuando rodean cines en los que se exhibe El oficial y el espía, impidiendo al público el visionado de la película, lo que están haciendo es dar rienda suelta a su legítima protesta, tratar de silenciar al director Polanski y, de paso, coartar la libertad de quienes aspiran a conocer con mayor detalle el calvario de Alfred Dreyfus, degradado en su día por un establishment militar corrupto.
Constatar la impunidad de crímenes hoy considerados execrables –pero que en la indolente California o en la Francia liberal de los 70 no se lo parecían a todos– es frustrante. Más aún si la causa defendida es justa y pertinente, y aunque estén prescritos. Es por ello que conviene presentar toda protesta de modo preciso. No basta con tener la razón. Hay que argumentarla de modo irrebatible. Las buenas causas merecen la mejor comunicación. En especial, cuando se aspira a convencer más que a hacer ruido.

(Publicado en "La Vanguardia" el 9 de febrero de 2020)