En busca de un denominador común

28.08.2012 | Reportaje de arquitectura

La Bienal de Arquitectura de Venecia abre su decimotercera edición

Venecia

Enviado especial La Bienal de Arquitectura de Venecia -que se abre al público mañana- lucha en esta su 13.ª edición, como en las inmediatamente anteriores, para demostrar que hay algo más allá de los edificios de formas caprichosas que han dominado la escena en los últimos años. Bajo el comisariado del británico David Chipperfield, se ha elegido como lema un elocuente Common ground. Es decir, denominador común o terreno compartido.
“No consideramos los esfuerzos que tienen que ver con el gesto solitario y la moda, sino los que forman parte de una rica y continua investigación intelectual o social”, precisa Chipperfield. La intención es buena, pero su materialización difícilmente podría haber escapado a la dispersión que comporta un total de 69 proyectos, realizados por otros tantos autores. Ese es el número de instalaciones en la muestra mayor del Arsenal. Aquí cabe de todo. Por ejemplo, y muy al principio del recorrido, la instalación Gateway,tirando a discotequera y firmada por Norman Foster, con la asistencia del cineasta Carlos Carcas y el videoartista Charles Sandison. En ella, el visitante se ve rodeado por 12 pantallas en las que se suceden arquitecturas de todo pelaje mientras a sus pies se mueven miles de nombres de arquitectos. Un montaje sin duda multicultural e incluso ecuménico, pero en el que se hace difícil hallar denominadores comunes. Todo lo contrario puede decirse del montaje de Hans Kollhoff, que recupera una amplia colección de maquetas de sus alumnos, casi todas de lenguaje renacentista. O sobre el de Segison/Bates y Laccaud, que presentan proyectos de vivienda social, entre ellos del equipo barcelonés López/Rivera. Pero a estos ejercicios de sintonía les suceden otros en los que despachos de renombre se hacen un autohomenaje. Herzog & De Meuron, por ejemplo, recapitulan con tres espléndidas maquetas su proyecto para la Elsphilharmonie de Hamburgo, un proyecto costosísimo, todavía en curso, que ha dado mucho que hablar, como atestiguan los infinitos recortes de prensa que empapelan las paredes. Mayor desinhibición muestra aun Zaha Hadid, que despliega en la instalación Arum su último repertorio de formas, todavía con uso por determinar, y aborda la idea de denominador común con el suficiente desparpajo como para presentar como sus predecesores a Félix Candela y Heinz Isler. Los aficionados a la arquitectura -e incluso al cotilleo arquitectónico- hallarán mayor solaz en el montaje de Valerio Ogliatti, que ha pedido a los grandes que le prestaran unos pocos dibujos capaces de resumir su mundo visual. Atención a los dibujos de edificios clásicos firmados por Siza Vieira, a las vírgenes y templos de Peter Zumthor y a otros universos no menos sugerentes. Siguiendo el recorrido por el Arsenal, sorprende la instalación Spain mon amour,comisariada por Luis Fernández Galiano: pequeñas maquetas de obras de Patxi Mangado, Mansilla/Tuñón, Nieto/Sobejano, Pedrosa/Paredes o RCR, acompañadas por jóvenes licenciados españoles -vestidos de blanco, con antifaz también blanco- que cuentan al visitante los proyectos y las penurias de la arquitectura hoy en España. El grueso del presupuesto del montaje se ha ido para pagar la estancia de estos arquitectos. Hay instalaciones muy hermosas, como la Architecture and affects de Farshid Moussavi, que ayer se paseaba por el Arsenal sobre unas plataformas doradas que eran, en sí mismas, dos edificios de muy considerable altura. Integran esta instalación una selección de imágenes en blanco y negro, ordenadas por elementos arquitectónicos y texturas, que crean paisajes: un audiovisual de contenido caprichoso pero bello y envolvente. Más humilde es el montaje Ruta del peregrino, donde se da cuenta, con un empático audiovisual, de los miradores, refugios y capillas construidos por arquitectos europeos y sudamericanos en el camino mexicano por el que se va a rendir culto a la Virgen de Talpa. Y mucho más solidaria es la enorme maqueta de Sanaa que nos informa del proyecto de reconstrucción de Miyato-Jima, zona arrasada por el tsunami del 2011. Y más académica y bien argumentada es la aportación vecina, la de Rafael Moneo, que expone dibujos de sus distintas obras madrileñas -de Bankinter al Banco de España, pasando por Atocha o el museo del Prado-. Y mucho más traviesa es la instalación de FAT, presidida por una enorme maqueta de la Villa Rotonda de Palladio, en la que se nos viene a decir que lo de copiar, bien llevado, puede ser fértil. La idea global de Chipperfield -”he invitado a mis colegas a examinar lo que compartimos por encima de lo que nos distingue”- figura a la entrada del pabellón italiano que, en los jardines, reúne una gran selección internacional. Hay desde muestras que harán las delicias de los profesionales -como la relativa a los detalles constructivos de maestros como Toshiko Mori, Phillip Johnson, Mies van der Rohe, Paul Rudolph?- hasta piezas tan sencillas como ingeniosas -verbigracia, el ventilador de Olafur Eliasson que, además de aire, reparte luz-. También hay homenajes como el que recibe Norman Foster, al presentar su sede del Hong Kong and Shanghai Bank, mediante sus dibujos o las fotos de Andreas Gursky. O las maquetas lujosas y pesadillescas de las Piranesi variations, obra de Eisenman, Dogma, Kipnis/Oubrerie/Turk y Yale. O la exposición, con más contenido técnico, que efectúa el madrileño Juan Herreros de sus últimos trabajos. Por último, una visita a los principales pabellones nacionales. El de España, que tiene por comisarios a Antón García Abril y Debora Mesa, reúne obra de Cloud 9 -la primera maqueta completa de la Bulli Foundation, que se construirá junto a la sede del clausurado restaurante en Montjoi-; de Selgascano -una especie de jardín colgante-, RCR, Sancho/Madridejos, Ecosistema Urbano, Menis Arquitectos, y Vicente Guallart, arquitecto jefe de Barcelona, que despliega sobre un muro algunos de los proyectos que ahora mismo impulsa en la ciudad. Todo ello, amenizado por una banda sonora en la que Joan Manuel Serrat canta, una y otra vez, Cada loco con su tema. El pabellón de Alemania recibe al visitante con el lema Reduce, Reuse, Recycle, adecuado para los presentes tiempos de crisis, y muestra intervenciones sobre el patrimonio arquitectónico comedidas y económicas. Rusia, por el contrario, echa la casa por la ventana. En la primera parte de su pabellón -una especie de cielo estrellado continuo, que brilla sobre las cabezas del público y bajo sus pies- desvela las 60 ciudades secretas que la URSS construyó a hurtadillas durante la guerra fría, para desarrollar investigaciones científicas o militares. En la segunda parte, mediante un arsenal de iPads que hacen las veces de lectores y son ofrecidos al público, invita a descifrar los códigos electrónicos tras los que se oculta una nueva ciudad de la investigación (ahora abierta) de Sokolkovo, en cuya construcción participan afamados arquitectos internacionales: auténtico lujo electrónico. Los países nórdicos festejan el 50.º aniversario del espléndido pabellón que en su día diseñó Sverre Fehn con una delicada selección de proyectos. Y Estados Unidos, pese a los avances del Tea Party, presenta una selección de proyectos jóvenes y socialmente comprometidos. Esta 13.ª Bienal, que terminará el 25 de noviembre, entrega este año su León de Oro al portugués Álvaro Siza. La del 2014, según se dice en los corrillos, tendrá como comisario a Rem Koolhaas.