Borja Sémper, portavoz del PP en el Parlamento vasco, anunció esta semana su adiós a la política. “Me incomoda mucho –dijo el martes– un clima de confrontación permanente en la política. Tengo la amarga sensación de que transita por un camino poco edificante. Convendría que vuelva al respeto”.
Sémper se refería, claro, al tono de crispación adoptado por el líder conservador Pablo Casado en su vano afán de ganar a Vox a gritos. O al estilo desconsiderado y aznarino de la portavoz popular en el Congreso, Cayetana Álvarez de Toledo, que incluso se atrevió a menospreciar el papel de Sémper, pese a sus quince años de amenazas de ETA y escolta.
Tampoco ha sido amable con Sémper la caverna mediática. El radiofonista Losantos lo tildó de “excrecencia” del PP y de carne de Sálvame. Desde su trinchera embarrada, supongo que la retirada de Sémper se verá como una prueba última de su villanía. Pero cabe interpretarla de otro modo: como un ejercicio de misantropía selectiva, tan higiénico como plausible. 
Es cierto que la misantropía, como otras palabras con el prefijo mis –del griego misein: odiar– no tiene buena prensa: misantropía, misoginia, misandria... Decimos que es misántropo quien siente aversión por los humanos y se aparta de ellos. Y sentir aversión suena mal, aunque sólo significa experimentar rechazo ante cierta persona, o actitud, y desistir en su trato.
Es decir, se puede ser un misántropo selectivo sin parecerse para nada a Losantos. No estamos hablando, pues, del tipo que dice: “Yo no tengo manías, odio a casi todo el mundo”, sino de aquel que necesita un detox social y deja de relacionarse con el voceras, el cretino, el plasta, el intolerante, el aburrido, el abusón, el gorrón, el colérico, el doctrinario... o con cualquier  otro sujeto nacido para incordiar, a cuyo lado la vida parece un castigo, y que de repente se nos revela como definitivamente venenoso e insoportable. Es en ese instante cuando hay que cortar amarras, en defensa propia: o vive él o vivo yo.
En El misántropo, que estrenó en 1666, Molière analiza el carácter homónimo. Lo hace con su humor afilado y omnicomprensivo (propio de quien se escribió en vida este epitafio: “Aquí yace Molière, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto, y de verdad que lo hace muy bien”). Pero lo analiza también con su no menor perspicacia. Lo cual le lleva a afirmar, acaso exagerando un poco: “Me produce melancolía y me agravia ver a los hombres dándose el trato que se dan. Por doquier veo hipocresía, injusticia, egoísmo y engaños. Ya no puedo aguantarlo más, mi intención es romper con la humanidad”. “La estima –añade en otra escena, más temperada y precisa– se basa sobre alguna preferencia, y amar a todo el mundo equivale a no amar a nadie”.
No querría parecer un apóstol de la misantropía sistemática. Pero sí valoro la selectiva. A veces algunos indeseables se nos pegan como lapas y es casi imposible desprenderse de ellos. Pero hay un sistema fácil y expeditivo para hacerlo, que me fue confiado recientemente. Alguien a quien no conozco, pero con quien comparto un amigo, lo hace así: se acerca a aquella persona que quiere dejar de tratar y, con la sonrisa del día que le fue presentada, le dice: “Fulano, soy mengano y me despresento de ti. Adiós”. A partir de ahí siente que nada le liga ya formalmente a aquel individuo e inicia otra vida sin su lastre, ya sea cretino, plasta o similar. ¿Quién entre los lectores no ha sentido deseos de cortar relaciones con semejantes especímenes? ¿Quién negará que las expectativas que albergamos cuando nos presentan a alguien son poco comparadas con el alivio que sentimos al despresentarnos de un pesado?
Pablo Casado, al igual que Pedro Sánchez, parece a veces un veleta, capaz de decir hoy blanco y mañana negro. Pero supera al socialista en un aspecto: sabe comportarse en el Parlamento con gran aspereza y, simultáneamente, asegurar a la hora del discurso teórico que lo suyo es la templada moderación.
Ahora bien, la realidad también tiene su papel en esta función. Y lo que nos dice es que el PP vasco, gracias a las semillas de Aznar, Mayor Oreja y demás intransigentes, ha perdido en veinte años dos de cada tres votos que tenía al principiar el siglo, y que conserva sólo nueve diputados en Vitoria. Nos dice asimismo que diversos barones populares le están pidiendo a Casado que abandone la bronca, pacte y vuelva al centro. O eso, o que se olvide de ganar unas elecciones.
De modo que Sémper no está solo en su misantropía selectiva. Ojalá que quienes como él emprenden ese camino reparador regresen juntos algún día a la arena política para demostrar que la convivencia no se construye berreando y despellejando al rival, sino persuadiéndolo con mejores razones que las suyas. Amén.

(Publicado en "La Vanguardia" el 19 de enero de 2020)