ILa presencia de Amanda Gorman fue la nota más esperanzadora en la toma de posesión de Joe Biden, el pasado 20 de enero. La joven poeta ilustró mejor que nadie el cambio respecto a la era Trump. El presidente entrante era un varón blanco cuatro años mayor que su antecesor y llevaba medio siglo de carrera política al llegar a la Casa Blanca, ya casi anciano. Solo le faltaba estar muerto para encajar en la categoría male, white, dead –varón, blanco, muerto–, y así provocar el rechazo de las defensoras de las literaturas minoritarias.
Intervinieron también en el acto tres expresidentes, dos curas, varios cantantes célebres y, como encargada de la apertura, la senadora Amy Klobuchar, que cayó pronto en la lucha por la nominación demócrata, pero en la ceremonia derrochó calidez y empatía. Sin embargo, se habló más de Gorman, afroamericana de 22 años, que vestía abrigo amarillo limón y recitó su poema The hill we climb. Con el permiso de Biden, fue la estrella de la gala, porque encarnó en ella a EE.UU. como país de oportunidades. 
Gorman ha vuelto a los titulares de la prensa española este mes, después de que su traductor al catalán, varón y blanco, viera rechazada su versión de The hill we climb (El turó que enfilem). La razón que le dieron es que Gorman o sus representantes prefieren que quienes viertan sus obras a otras lenguas sean mujeres, activistas por los derechos sociales y, a poder ser, de ascendencia afroamericana. El caso catalán se añade a otro en Holanda, donde la escritora Marieke Lucas Rijneveld, de 29 años, ganadora del Booker Internacional, renunció a traducir a Gorman después de que en las redes cuestionaran su idoneidad, porque no era negra.
Estos vetos y renuncios han causado polémica. Se muestran a favor de la discriminación supuestamente positiva los que dicen que solo un traductor que haya pasado por lo mismo que el autor puede captar todos sus matices. Quienes afirman que esta controversia contribuye a llamar la atención sobre ciertas injusticias. Quienes reivindican su valor político. Y quienes dicen que es una manera de dar oportunidades a las mujeres traductoras procedentes de minorías. (Solo el 2% de los traductores de EE.UU. son negros). 
He aquí unos argumentos comprensibles. Pero los hay de signo opuesto. Uno: traducir siempre ha consistido en acercar una obra a un vecindario que no es el de su autor, gracias a un traductor solvente que intermedia entre ambos. Dos: es absurdo presuponer que solo una víctima de malos tratos puede traducir la novela de otra maltratada, o que hay que ser pescador para traducir El viejo y el mar de Hemingway, y vendedor de telas o escarabajo para traducir La metamorfosis de Kafka. Tres: lo principal en un traductor no es su coincidencia étnica, cultural o identitaria con el autor, sino su capacidad para hacer la mejor traducción. Cuatro: si se impusiera esa línea de selección del traductor, ¿dónde hallaríamos a un perigordino, rico y del siglo XVI para refrescar la traducción de los Ensayos de Montaigne?
Ese afán uniformizador que aspira a primar la sintonía étnica e ideológica entre el autor y el traductor, y acaso a fomentarla entre el autor, el traductor y el lector, presenta otros inconvenientes. La imposición de tal sintonía podría acabar abonando el ensimismamiento y la guetificación de ciertas comunidades, y anulando el valor del libro como puente entre culturas dispares. Lo cual no contribuiría a romper las barreras sociales que querría eliminar una autora como Gorman. 
La mezcla y el mestizaje son uno de los grandes activos de la cultura. Hay cánones clásicos de los que todos hemos bebido. Y hay corrientes específicas y/o disruptivas que son las que revitalizan la cultura, al nutrirla con las preocupaciones y los debates propios del presente y de sus peculiaridades. Sabrán de qué hablo quienes hayan leído Omeros, del Nobel caribeño –y negro– Derek Walcott, donde resuenan Homero y Shakespeare, pasados por las Pequeñas Antillas y por África, y por la versión castellana que firma un mexicano blanco. 
“Más que nunca en su historia –bromea Woody Allen– la humanidad se enfrenta ahora a una encrucijada. Un camino lleva a la desesperación y la desesperanza, el otro a la destrucción. Recemos para tener la sabiduría que nos ayude a elegir correctamente”.
Obviamente, no todas las disyuntivas deben resolverse tal y como nos las presentan. A veces es mejor un camino de enmedio. La propia Gorman pulsa esa tecla conciliadora en The hill we climb, un canto a la armonía (no muy difícil de traducir ni pródigo en matices herméticos, dicho sea de paso): “Nos esforzamos para forjar una unión con sentido / Para formar un país comprometido con todas las culturas, colores / caracteres y / condiciones del ser humano”. ¡Con todas! ¡Y con todos!

(Publicado en "La Vanguardia" el 28 de marzo de 2021)