Unidad sucede, en el diccionario, a unicornio, término que designa al caballo con un cuerno en la frente, paradigma de lo fantástico, lo nunca visto, lo inexistente. Acaso en tal compañía a la unidad se le ha pegado algo del mítico equino. No el cuerno, claro, sino a la condición de cosa imaginaria e inalcanzable. Al menos, tal y como se concibe por estos pagos.
“Unidad” fue el lema más coreado, el 27 de enero, en el acto de constitución de la Crida Nacional per la República. Este es un movimiento impulsado por Carles Puigdemont que se autoproclama superador de la dinámica de los partidos y promotor de la unidad de acción y de estrategia en pro de la independencia de Catalunya.
La mayoría de las respuestas independentistas a esta petición no fueron positivas. En el PDECat, involuntaria matriz del nuevo movimiento (y potencial víctima de matricidio), dijeron que no deseaban ser fagocitados por la Crida. Y en ERC, la otra  gran fuerza soberanista, se calificó la llamada a la unidad de “falsa” y de “chantaje emocional”. Como es lógico, los republicanos no ven razones para ceder el liderazgo indepe a Puigdemont, que es (o era) del partido rival, y menos cuando las encuestas les sitúan por delante de los que quieren absorberlos. Nada sorprendente: cuando no hay entendimiento ni cariño, la supuesta unidad suele esconder una astucia, un paripé o un imposible.
La citadas reacciones se produjeron el domingo y el lunes. El martes la cosa fue a peor con unas declaraciones de Junqueras en las que reivindicó su ética –palabra mayor– frente a la del de Waterloo, lo que averió un poco más las relaciones entre ambos. Paradójicamente, las peticiones de unidad de la Crida han desatado reproches que ilustran la arraigada desunión independentista. Esa ha sido la tónica de la semana política.
Resulta descorazonador que un concepto hermoso como es el de unidad reciba respuestas tan desabridas. Pero todo tiene su causa. Y la fundamental no está aquí entre los invitados a unirse bajo el superliderazgo de Puigdemont, sino entre este y sus acólitos. Porque en el concepto que tienen de la unidad los de la Crida parece prevalecer lo instrumental sobre lo armónico.
Llamar a la unidad es un clásico entre políticos de todo pelaje que aspiran a reforzar su poder. La pregunta crucial es en tales casos: ¿para qué quieren reforzarlo? No animaban las mismas intenciones, pongamos por caso, a Mussolini que a Mandela. Decía Mussolini que el Estado debe educar a los ciudadanos en la virtud cívica, para darles conciencia de su misión y amalgamarlos en la unidad. Decía Mandela que su sueño era lograr la unidad de los líderes africanos para que sumaran esfuerzos y resolvieran juntos los problemas del continente. Mussolini y Mandela perseguían la unidad, pero con fines opuestos. El italiano, para usar a los ciudadanos como material de construcción de su caudillismo. El sudafricano, para lograr una solidaridad  supranacional ante los problemas comunes. Uno aspiraba a la uniformización y el mando absoluto. El otro, al progreso colectivo y la diversidad. Ambos llamaban a la unidad, pero terminaron de modo muy distinto. Uno, colgado en una gasolinera. El otro, despedido por todos, incluidos sus enemigos, como un estadista generoso, conciliador y de indudable inteligencia política.
¿Qué busca Puigdemont cuando jalea a los suyos para que pidan unidad? Ante todo, que el resto de los actores independentistas se supediten a su liderazgo, que por cierto no se ha distinguido por la sabiduría, la prudencia o los resultados. Lo que busca no es la cooperación igualitaria con sus compañeros de viaje, sino una versión nostrada del Quítate tú pa ponerme yo que popularizó Celia Cruz.
Catalunya lleva el suficiente tiempo ensimismada en el sueño independentista como para que algunos se atrevan ya a presentarse como la solución providencial, por encima del multicolor tejido social y político del país. Entre tanto, los problemas sociales se acumulan. En lugar de exigir a su vicario que los resuelva, Puigdemont nos invita a confiar ciegamente en su liderazgo, basado en la queja ante la situación en la que él mismo se ha metido (y ha contribuido a meternos a todos) y en la ya ineficaz, por sobada, descalificación del contrario. Pero lo que precisa el país quizás no sea superar la dinámica de partidos, sino estimularla. Porque el país no es una unidad de destino, sino un ente plural. Porque los retos del futuro son inaplazables. Porque la discrepancia es consustancial al ser humano y la concurrencia es un acicate. Porque cuando alguien pide unidad pero busca sometimiento, los partidos, aun hallándose en horas bajas, recuperan todo su sentido. Sobre todo, los que priorizan la resolución de nuestros problemas cotidianos.

(Publicado en "La Vanguardia" el 3 de febrero de 2019)