El pasado siempre vuelve. Y, con él, sus jubilados. En España destaca José María Aznar, que dejó de ser presidente del Gobierno ante las elecciones del 2004, honrando una de sus mejores promesas: no ocupar el cargo más de ocho años. Pero que ahora, tres lustros después, sobrevuela de nuevo la arena política nacional, inspirando al candidato del PP ante los comicios del 28-A, lanzando algunas flores a Rivera y Abascal, y suspirando por una pronta convergencia de los tres líderes derechistas.
En el Vaticano pasa algo semejante. El muy conservador Benedicto XVI está de vuelta. En el 2013, este Papa dimitió “falto de fuerzas” y anunció urbi et orbe que abandonaba en vida la silla de San Pedro –algo inaudito desde el Medioevo– para dedicarse a “la oración y el retiro espiritual”. Pero ahora ha regresado a la escena pública. Lo ha hecho mediante un artículo de 5.000 palabras, destinado a una revista alemana, en el que sitúa el origen de “la crisis de la pedofilia clerical” en “el colapso moral de la sociedad de los años sesenta y la revolución del 68”. Es decir, donde atribuye la responsabilidad última de los abusos a menores cometidos por eclesiásticos –un fenómeno global cuya profusión y enorme alcance ensombrece el futuro de la Iglesia Católica– a un factor coyuntural y externo. O sea, la culpa fue de los progres.
El argumento del Papa bávaro no se sostiene. Los abusos sexuales del clero no surgieron en los sesentas al calor de Mayo del 68, del hippismo californiano o de las casas de masajes. Tienen una larga tradición anterior en la Iglesia, que confía, a menudo vanamente, en el poder represor de su doctrina sobre el humanísimo y ancestral impulso sexual de sus miembros. Algunos curas resisten heroicamente esta inclinación natural. Otros se desahogan con quienes no deben (pero están a tiro) y arruinan sus vidas.
Además de no sostenerse, el argumento de Ratzinger supone una deslealtad hacia Francisco, su sucesor. Dirigir la Iglesia Católica no es pan comido. Tan sólo le falta al Pontífice titular que el jubilado se entretenga con políticas fraccionalistas. En el feo asunto de la pederastia, y aún sin resolverlo, Francisco ha ido más lejos que sus antecesores, al prometer llevar ante la justicia civil a los sacerdotes que hayan abusado de menores. ¿Qué ayuda le aporta el Papa emérito echando balones fuera a los 91 años?
La jubilación tiene sus ventajas –ceder los trastos profesionales, relajarse y retirarse a la vida privada– y sus inconvenientes. Quienes han ostentado altos cargos la llevan a veces peor que el resto. ¿Es este el caso de Ratzinger, que al dejar de ser Papa dijo convertirse en peregrino (y acto seguido se instaló cómodamente en un monasterio del recinto vaticano)? Vista su locuacidad, quizás no debiera haberse retirado. O quizás no eligió el momento apropiado. Porque, como decía Samuel Johnson, no hay que retirarse hasta que el mundo no vaya a lamentarlo.

(Publicado en "La Vanguardia" el 21 de abril de 2019)