El propio peso

05.01.2014 | Opinión

La mejor manera de defender el catalán es aprendiendo inglés. Pero no para chapurrearlo, sino para dominarlo como el catalán o el castellano y moverse sin trabas en la escena global. La mejor manera de defender un país es elevando el nivel de formación de sus ciudadanos. La mejor manera de estimularles no es diciéndoles a todos que tienen derecho a formar una comunidad singular, sino diciéndole a cada uno que tiene el deber de capacitarse y sacar el máximo partido de sus talentos. La mejor manera de fomentar lo específicamente catalán pasa por incentivar el progreso de lo más abstracto, de lo que favorece a todos: la ciencia, la medicina, las humanidades, la tecnología, las herramientas de futuro. La mejor manera de defender lo catalán no es buscar refugio en el solar patrio, sino explorar nuevos ámbitos donde podamos acreditarnos como referentes de progreso. La mejor manera de lograrlo, desde las instituciones, no es primando el enfrentamiento, sino apostando por la enseñanza, la sanidad, la cultura, la investigación, etcétera. No de boquilla, sino con un reparto presupuestario adecuado que nos aproxime a lo que se hace en los países a los que nos queremos equiparar y nos distancie de comunidades a las que decimos no querer parecernos. Una buena manera de aprender a labrarse este futuro es combatiendo la corrupción que ha carcomido la administración catalana –en menor medida que la española, pero con similar abandono ético–, en lugar de seguir tapándola. La mejor manera de defender la independencia, si se cree que este es un país distinto, sin súbditos ni ilusos, es detallando la lista de dificultades que comporta, y desplegando estrategias viables para superarlas. La mejor manera de unir a un pueblo no es dividiéndolo. La mejor manera de diferenciarse de quienes se niegan cerrilmente a negociar es negociando más. Para ser mejores no basta con decir que somos distintos: hay que probarlo día a día. Para ser mejores hay que aprender lo suficiente como para que el “fet diferencial” no sea un banderín de enganche, sino una realidad envidiable para quienes ahora lo niegan o persiguen.

La mejor manera de llegar a un sitio no es con prisa y urgencia histórica, sino cuando se han reunido los pertrechos para hacerlo en cualquier momento. Los mejores guías no son los que surfean las olas ante el acantilado, sino los que estimulan la inteligencia colectiva necesaria para desarbolar a unos antagonistas políticos estatales como los de ahora, que son de nivel párvulo y vergonzante; o a unos intereses económicos egoístas, a menudo corruptos; o para seducir a tantos españoles cuyos prejuicios históricos y arranques viscerales no desmerecen los nuestros. Para ser otro no basta con cambiar de pasaporte. Hay que cambiar uno mismo. A mejor. Para que las cosas caigan por su propio peso.

Esta es mi idea de cambio para el 2014, año en que al parecer todo va a cambiar.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 5 de enero de 2014)