El poeta millonario

15.06.2014 | Opinión

Zánganos de ambos sexos encerrados en una casa con muchas camas y cámaras. Chicos y chicas patrullando por una localidad turística costera, con la libido desbordada y una insaciable sed de bebidas alcohólicas. Celebridades de pacotilla en horas bajas, deportadas a una isla desierta donde deben sobrevivir en plan Robinson Crusoe… El abanico de escenarios elegidos por las cadenas televisivas para situar sus “reality show” es amplio. Pero quienes se mueven en ellos suelen pertenecer a una subespecie primaria: tipos dispuestos a exhibir sus bajos instintos, su escasa educación y su carácter pendenciero. O sea, todo un ejemplo para la humanidad que sigue, embobada, sus hazañas.

Dado este panorama catódico occidental, quizás les sorprenda saber que buena parte del mundo árabe se ha pasado los últimos meses pegada a la pantalla para seguir el programa “El poeta del millón”, que cubría su sexta temporada en antena. Dicho espectáculo televisivo, muy popular y con audiencias de hasta 70 millones de personas, es una competición entre poetas amateurs. El espacio culminó a finales de mayo con el triunfo de Saif al-Mansuri, un vate de 27 años, que se embolsó por sus versos un premio de alrededor de un millón de euros, cortesía del emir de Abu Dabi.

Este programa se grababa en el teatro Al Raha Beach de dicho emirato, equipado para la ocasión con un aparato de luz y sonido deslumbrante y ensordecedor, como si fuera el escenario de “Operación Triunfo”. Pero su contenido era otro. Tenía que ver con la expresión poética, concretamente con una forma de poesía coloquial denominada Nabati. Ahora bien, a su término el ganador también se enfrentaba a un futuro más despejado, como los vencedores de los concursos españoles dedicados al descubrimiento de –digámoslo así– talentos artísticos.

De buenas a primeras, cuesta asociar al poeta con la riqueza monetaria. Algunos hubo de alta cuna en nuestra tradición. Pero el tópico nos presenta la figura del poeta como la de alguien arrebatado ante la hermosura de la naturaleza, las pasiones amorosas o, también, los abismos vitales. Y tanto es el arrebato, y tanta la altura de miras del poeta, que sus habilidades prácticas se resienten a menudo, y eso le condena, de nuevo según el tópico, a una vida bohemia e incluso menesterosa; a vestir trajes astrosos y calzar zapatos con la suela agujereada. “No hay dinero en la poesía, pero tampoco hay poesía en el dinero”, sentenció Robert Graves, con ánimo al tiempo objetivo y poéticamente justiciero.

Por fortuna, este divorcio parece admitir una excepción en el mundo árabe, que como tal es digna de mención y por eso la consigno aquí. El poeta Saif al-Mansuri es ahora millonario. Ya hay dinero en su poesía. Y no es descartable que él mismo empiece a descubrir la poesía del dinero. Una excepción, como decíamos. La que confirma la regla.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 15 de junio de 2014)