El número de visitantes

04.01.2015 | Opinión

A primera vista no lo parece, pero para asumir la dirección de un museo hace falta valor. Quien elija ese camino tendrá que resolver distintos problemas. Aquí mencionaré tres. El primero, obtener los fondos necesarios para desarrollar su tarea con dignidad. El segundo, programar actividades que fomenten la cultura ciudadana y el prestigio de la institución. Y, el tercero, atraer al público.

Obtener los fondos necesarios puede ser en este país una proeza. Quizás no lo sea tanto si uno dirige el primer museo del país –el del Prado–, al que incluso la administración más obtusa o rácana se ve obligada a dotar. O el Guggenheim de Bilbao, que se benefició desde primera hora de la generosidad del poder vasco y, luego, del favor de un público atraído por el edificio de Gehry y las muestras de vuelo internacional. Pero si uno dirige el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC), la situación es más precaria. Pepe Serra, titular de este cargo, no se cansa de denunciar que su presupuesto se va en gastos generales, y que sólo le quedan unos cientos de miles de euros para exposiciones. Es incomprensible que un país como Catalunya, tan amigo de las instituciones nacionales, tenga bajo mínimos a su gran museo. Pero así es.

Programar actividades que alimenten el prestigio de la institución no es, a lo que se ve, tan difícil como obtener presupuesto. Pero sin dinero se hace complicado. Y sin buenas muestras es imposible atraer mucho público, cosa que en esta sociedad que prima la cantidad sobre la calidad es la prueba del éxito.

Siempre les queda, a los museos que andan cortos de dinero, el recurso de reinventarse la presentación de los fondos propios. Pero en el ámbito de las muestras temporales la escasez de dinero tiene efectos devastadores, tanto en la propia cartelera como en la de la ciudad. Por todo ello, muchos directores de museo se devanan los sesos en búsqueda de una fórmula que les permita generar recursos complementarios. Y así es como pueden acabar alquilando sus salas para bodas y bautizos, relativizando la ambición intelectual o presentando como arte objetos que no desentonarían en una cacharrería o unos grandes almacenes.

Sin embargo, hay otras soluciones para lograr grandes audiencias. Por ejemplo, inventárselas. Lo ha descubierto recientemente el nuevo director del Institut Valencià d’Art Modern (IVAM), al revisar las cifras de visitantes de su antecesora. Resulta que durante diez años las hinchó sin complejos. De este modo logró que la curva de visitantes luciera sostenido progreso (pese a que, de hecho, caía). En el 2004 tuvo 102.847, pero según la estimación aprobada por su responsable registró 237.000. Y, en el 2013, tuvo 85.070, pero oficialmente se contabilizaron 1.163.419. Es decir, el IVAM multiplicó por trece el número de visitas reales. Hay una manera muy fácil de tocar el piano, decía el añorado Perich en un chiste. Y añadía: tocarlo mal.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 4 de enero de 2015)