Cada vez que alguien me dice que está en el lado correcto de la historia me pongo en guardia. Muchos creyentes, iluminados por la fe religiosa, la fe política o por ambas, se creen autorizados a todo con tal de alcanzar sus objetivos. Consideran que el fin justifica los medios. Cuando estudiaba en la universidad, mis compañeros encuadrados en partidos políticos, por lo general comunistas, solían afirmar que estaban en el lado correcto de la historia (y que fuera de su iglesia no había salvación posible). La Unión Soviética era –decían– un dechado de virtudes y el gran amanecer rojo global era inminente... Luego se vio que no. Que el muro de Berlín cayó y los habitantes del Este fueron obsequiados con unos marcos que corrieron a gastar, ilusionados, en los grandes almacenes del Oeste. Entretanto, ciertos descendientes de los héroes de Stalingrado, más ambiciosos y menos escrupulosos, perfilaban la nueva oligarquía que aún rige Rusia. 
No aconsejo a nadie estar en un lado, correcto o incorrecto, de la historia, porque eso equivale, como argumentaré más abajo, a estar en el cementerio. Sin embargo, muchos alar­dean y se vanaglorian de esa posición. El último ha sido el inefable Quim Torra, presidente de la Generalitat por la gracia de su antecesor, Carles Puigdemont. Precisamente en un tuit de respuesta a Puigdemont, Torra le dijo días atrás que “som al costat correcte de la història”. Como si pretendiera que, dada su posición, no puede equivocarse nunca o, peor aún, tiene patente de corso para navegar como quiera.
Antes de que Torra la empleara, esta expresión ha sido usada por todo tipo de sujetos, sin distinción de credo o partido, pese a que en mi modesta opinión no resiste un análisis semántico. Por ejemplo, de los términos correcto, historia o lado. Vayamos por partes.
Primero, lo correcto. La corrección del papel político que uno asume en la vida no es algo que decida cada cual en función de su conveniencia, sino algo que decanta el tiempo. Suele creerse que esa corrección está directamente relacionada con la hermosura de los objetivos, o con lo apetecibles que les parecen a algunos. Pero está también asociada a los costes que comporta alcanzarlos y al patrimonio común que se sacrifica con tal propósito y, por ­supuesto, al rendimiento final de la inversión. Lo primero va viéndose en el camino. Lo segundo no se ve hasta que se arriba a Eldorado... o se perece en el intento. 
¿Por qué no se dice, en lugar de lado correcto, lado bueno o elegido o directamente glorioso? Probablemente, no se dice bueno porque eso parecería excesivo incluso para los sectarios. No se dice elegido porque ese calificativo trofeo lo ganó en propiedad el pueblo judío. No se dice glorioso porque de momento aquí se va de tropiezo en tropiezo. Pero sí se define como correcto. ¿Y qué es lo correcto? Tendemos a pensar que es sólo lo hecho acorde con las normas o el patrón que se tiene por modélico. Pero en primera acepción –no lo olvidemos– correcto es el participio irregular de corregir, siendo el participio regular corregido. La corrección es pues en primera instancia el destilado del acto de corregir, a menudo tan antipático, y sólo en cuarta acepción se refiere a la cortesía o la educación, algo previamente descartado en el caso que nos ocupa, como atestiguan algunos escritos xenófobos de Torra en sus años de militancia juvenil y desaforada, antes de que ocupara el Palau de la Generalitat, o los tuits ofensivos de la ya madurita Núria de Gispert, expresidenta del Parlament y deshonra de la institución.
Segundo, el término historia. La historia es, en primera acepción, el conjunto de todos los hechos ocurridos –atención al dato– en tiempos pasados. No tiene que ver por tanto con el presente, y menos aún con el futuro. Por eso desaconsejaba más arriba reclamar plaza en la historia: porque eso equivale a ubicarse entre los muertos.
Tercero, el término lado, que suele definirse por oposición, referido al que se enfrenta a otro. En un mundo caracterizado por su diver­sidad, pero también por los intereses comunes de sus ­habitantes, aspirar a un lado bueno, presuponiendo en consecuencia que los otros no lo son, o que son malos, es un error de base. Y tiene graves antecedentes en el pasado.
La convicción, la tenacidad y la entrega, también la inteligencia y la organización, son factores que pueden determinar el triunfo de una causa. Pero no necesariamente garantizan sus bondades. Esto no es una opinión mía sino algo constatado empíricamente ya muchas veces. Y no entraremos en ejemplos para evitar comparaciones que pudieran herir sensibilidades. Pero algo debería quedar muy claro: lo importante no es en qué lado nos situamos, sino lo que hacemos en él.

(Publicado en "La Vanguardia" el 12 de mayo de 2019)