El sistema político catalán está enfermo. Alguien le inoculó, tiempo atrás, el germen de la división. Y ese germen se hizo fuerte en su organismo. Mientras no lo combatamos con el tratamiento adecuado, el sistema seguirá padeciendo sucesivos trastornos intestinos que le debilitan. Algún día habrá remedio para la enfermedad. Pero no será mañana. El paciente, entretanto, sigue grave.
Todos hemos tenido nuestra cuota de responsabilidad en esta crisis. Yo también. En marzo del 2013 publiqué un artículo titulado Nuevo orden, que todavía me causa remordimientos. En él, y a la vista de las crónicas rencillas que se producían en los partidos “con dos almas”, por ejemplo el PSC, propuse disolver el sistema catalán de partidos, olvidarse por un tiempo del eje derecha-izquierda alrededor del que giraba, y reorganizarlo sobre el eje nacional. Lo que me parecía una boutade coincidió luego con la realidad. Hubo bajas nacionalistas en el PSC, se rompió UDC, históricos rivales de clase como CiU y ERC se coaligaron, etcétera.
El germen de la división se robusteció durante el procés, hasta el punto que animó a las autoridades catalanas a saltarse la ley. Si del eje derecha-izquierda habíamos pasado al eje nacional, de este pasamos al eje legal-ilegal: a un lado los que defendían la Constitución y el Estatut y, al otro, los independentistas que pretendían saltárselos. No propuse entonces reorganizar nuestro sistema político siguiendo tal criterio, porque podríamos haber vuelto a la etapa previa al derecho romano. Pero a algunos les apetecía.
Quizás sea tiempo de sugerir otra reforma del sistema político: el germen de la división ya ataca las filas soberanistas. Los de Puigdemont y los de Junqueras se disputan su hegemonía. Y, en sus respectivas formaciones, asoman voces críticas con los líderes. Eso ocurre en el PDECat desde que el ex presidente Puigdemont se escudó en JxCat y empezó a ningunear a Marta Pascal. Eso pasa también en ERC, donde parte de las bases discuten la vía pragmática y no unilateral de Junqueras. Conclusión, quizás proceda volver a disolver el sistema político catalán, sobre todo su sector indepe, para que se refunde sobre el eje pragmáticos-unilateralistas. Así podríamos recontar las tropas y saber cual es la fuerza real de unos y de otros, ahora desdibujada por las líneas oficialistas, las corrientes críticas y el guirigay de tertulianos…
Quizás algunos del PDECat estarían más cómodos en ERC, y viceversa. Quizás algunos pragmáticos de pura cepa querrían militar en un partido siempre a salvo de ambigüedades y ventoleras. Quizás algunos unilateralistas insumisos de ERC o JxCat se sentirían mejor en la CUP. ¿Y si deshacemos los partidos independentistas y redistribuimos sus bases entre un Partit Arrauxat y un Partit Assenyat? O, mejor aún, ¿y si en lugar de reorganizar el sistema una y otra vez le inyectamos dosis masivas de consenso hasta expulsar el germen de la división?

(Publicado en "La Vanguardia" el 15 de julio de 2018)