El espíritu de Bioy Casares

14.09.2014 | Opinión

Se cumplen mañana cien años del nacimiento de Adolfo Bioy Casares. Y en febrero se cumplirán 17 de la publicación en España de “De jardines ajenos”, un libro que firma Bioy, pero que no es suyo. Ya sé que este último no es un aniversario muy redondo. ¿Por qué me fijo entonces, a la hora de evocar a Bioy, en dicho título, en lugar de en “La invención de Morel”, “El sueño de los héroes” o “Dormir al sol”, que le dieron mayor fama? Pues porque los fragmentos que lo integran, anotados en cuadernos por Bioy a lo largo de su vida lectora, nos dan también un retrato del autor y de su espíritu. Y porque a mí en particular me permiten escribir este artículo, copiando a Bioy sin reparos (ya que Bioy hizo lo propio, y no para un artículo sino para un libro de 309 páginas).

“No venimos del mono: vamos hacia él”. Esta frase de Gobineau es una de las que subrayé dos veces en mi muy subrayado ejemplar de “De jardines ajenos”. Sintetiza en siete palabras el profundo escepticismo que producía al elegante autor bonaerense la observación de sus congéneres. Muchas otras sentencias recogidas por Bioy siguen esa senda desesperanzada, provocativa. Por ejemplo: “Para el hombre que aspira a la elección popular, los tontos forman una corporación respetable, porque siempre son mayoría” (Constant). O bien: “Toda política quiere ante todo fusilamientos masivos; después, la felicidad universal” (Valéry).

¡Ah, la felicidad! Su logro no es tarea sencilla. Pero, a juzgar por la selección de Bioy, también es posible e incluso preceptiva en este mundo regido por la estulticia. Lean: “El deber del hombre es ser feliz” (Dr. Johnson), ya que “la felicidad es la única justificación de la vida; donde falta la felicidad, la existencia se reduce a un experimento loco y lamentable” (Santayana). Y es por ello que, dando una vuelta de tuerca, Voltaire nos aconseja como sigue: “Marchad siempre bromeando por el camino de la verdad”.

Efectivamente, la omnipresencia de la estupidez (o la ausencia de razonamiento) no siempre facilita el acceso a la felicidad. Quizás por ello, Bioy era un desinhibido partidario del humor, gran escudo contra la tontería y los sinsabores vitales. Un humor que puede ser paradójico –“Ya lo sabe: cuando usted habla conmigo, se calla” (Elena Ceaucescu)–; derogatorio –“Esos jugadores de cricket a quienes la edad les trae el golf en lugar de la sabiduría” (G.B. Shaw sobre los aristócratas ingleses)– o divino: “Olvida, oh Señor, mis pequeñas bromas sobre ti / y yo te perdonaré tu gran broma sobre mí”. Pero que con más frecuencia es un humor negro, a juego con su escepticismo. Ejemplo: “En un cementerio, varios actores se reúnen ante la tumba de un compañero. Y uno le pregunta a otro:

–¿Cuantos años tienes, Charlie?

–Ochenta y nueve.

–Realmente, Charlie, ¿te vale la pena volver a casa?”.

¡Gracias, Bioy! ¡Gracias por tus libros, y por los que leíste!

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 14 de septiembre de 2014)