Los reality show televisivos tienen algo de correlato de la evolución del género humano. Empezaron con formatos tipo Gran Hermano, donde una colección de zánganos tonteaban, se apareaban, rivalizaban y se despellejaban bajo un mismo techo. Se estilaron después concursos tipo Operación Triunfo, donde alevines de vocalista cantaban prematuramente en público, a menudo con más voluntad que talento o carácter. Y hemos llegado ahora a formatos como Master Chef, donde el éxito parece a veces asociarse a la perfección. 
Lo vimos el pasado domingo en la final que ganó la nadadora sincronizada Ona Carbonell. Según propia confesión, meses antes de concursar no distinguía entre una merluza y un rape. Pero un aprendizaje intensivo, disciplinado y guiado por los mejores profesionales le permitió revalidar ante los fogones sus triunfos en la piscina.
La enseñanza es transparente: con método, esfuerzo y ambición, pocos objetivos se resisten. Nada nuevo bajo el sol. Pero, al tiempo, nada que esté en boga. Al contrario. La nueva mayoría social, integrada por millones de adictos a Instagram y redes similares, está convencida de que basta con colgar fotos posando, haciendo morritos o exhibiendo carnes y tatuajes para abrirse camino. Algunos lo conseguirán. Pero la inmensa mayoría se estrellará contra el muro de la indiferencia general y permanecerá en ese anonimato que nuestra sociedad hiperconectada considera una desgracia.
La perfección no existe. Al igual que la bondad o la objetividad, no suele estar al alcance de los humanos. Al menos en su expresión absoluta. Lo cual no significa que no debamos considerarla una meta, pese a que su logro exija convicción, constancia y sacrificado esfuerzo, en cualquier terreno vital. En la edición del pasado martes de La Vanguardia (la de la foto en portada de Rodrigo Rato y su tropa de Bankia sentados en el banquillo de los acusados) venía, además de una entrevista con Ona Carbonell, otra con nuestro compañero Mariano Guindal, que publica sus memorias. Según declaraba Guindal, “Aznar mentía cuando decía que el milagro [económico español] era él. En realidad, la hazaña ha sido posible gracias a mi madre, que fregaba escaleras para pagarme los estudios”. A su madre y a las de tantos, se entiende. Así es: los escenarios del esfuerzo son infinitos y a veces inimaginables. Como lo son los caminos de perfección. El otro día me crucé con la furgoneta de una empresa de toldos denominada La Perfección Toldera. A algunos les parecerá impropio asociar una tarea ordinaria a tan alto concepto. Pero a los potenciales clientes ese deseo de perfección les gustará. Y para el resto debería ser ejemplar.
La búsqueda de la perfección tan sólo tiene un pero: puede convertirse para algunos en obsesiva. Pero también eso tiene alivio. Como decía Spinoza, “debemos aprovechar la vida para perfeccionarnos… hasta donde podamos”. 

(Publicado en "La Vanguardia" el 2 de diciembre de 2018)