El diarista Uriarte

16.08.2015 | Opinión

Iñaki Uriarte nació en Nueva York (1946), es de San Sebastián y vive en Bilbao. Esto –y sólo esto– es lo que se lee en la solapa de los Diarios de dicho autor. Ahí donde tantos amontonan títulos previos, premios y medallas, como en un trastero, Uriarte usa quince palabras. Y le bastan para proclamar su origen, su bilbainidad actual y, en cierta medida, para retratarse.

Pepitas de Calabaza publicó en febrero la tercera entrega de los diarios de Uriarte. La leí en julio. Y luego me apresuré a buscar y leer las dos anteriores. O, como quiere el tópico, a devorarlas. Al hacer lo propio, según consigna el diarista, su madre comentó: “Menos mal que todas mis amigas están muertas”. Acaso porque la vida de Uriarte no ha respondido a las expectativas depositadas en un alumno de la Comercial de Deusto: el autor, merced a una rentita, ha podido dedicar la existencia a leer, ajeno a horarios, jefes y salarios, lo que le ha reportado “muchas ventajas y algunos inconvenientes”.

Vayamos a las ventajas. La primera ha sido su poso de lecturas, que le induce a opinar sobre ellas con gran libertad, ya sea para admirarlas o descartarlas. Dice de Walter Benjamin: “No entendí ni su biografía”. La segunda ventaja ha sido ir moldeando un tono vital tan relajado como agudo. Pascal –“todas las desgracias de un hombre provienen de no saber quedarse tranquilo en una habitación”– y Montaigne –“todo lo que pretendo es haber vivido tranquilo”– han sido dos de sus faros. “Sin prisas. Eso es casi todo”, sintetiza Uriarte.

La tranquilidad y la quietud tienen hoy mala prensa. Se confunden con la pérdida de tiempo. Uriarte las ha alimentado. Y, estando quieto, parece haber ido más allá que muchos: puede quedarse ensimismado mirando un ficus y, en dos minutos de abstracción, enlazar una serie de reflexiones que muchos no alumbrarían en un mes. A partir de esos momentos, Uriarte destila las entradas de su diario, a veces cortas, otras no tanto, nunca huecas, armadas con reflexiones de lectura, recuerdos familiares, charlas amistosas o vida doméstica. Y traspasadas, a menudo, por esa inteligencia serena y un progresivo conocimiento. Dice en una de ellas: “Me gustaría ser más inteligente. Si pudiera llamar a alguien como el técnico que me ha ofrecido hoy instalar más memoria en el ordenador, y me preguntara ‘¿qué prefiere, que le ponga a usted un poco más de inteligencia en el cerebro, o un poco más de felicidad?’, dudaría un momento. Y esto me pasaría porque me falta inteligencia”. Dice en otra: “Mientras tomo un café, una chica muy joven me pide fuego. Cuando me devuelve el mechero se me escapa un ‘gracias’. Ni siquiera era muy guapa”.

He llegado tarde a los diarios de Uriarte, aunque a él le conocí cuando residía en Barcelona, en los años 80 (esa época que, según mi amigo R., sólo pueden recordar quienes no la vivieron). Pero no por ello voy a dejar de decirlo: sus diarios son muy estimulantes y nutritivos.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 16 de agosto de 2015)