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El décimo museo de Moneo

03.10.2014 | Crítica de arquitectura

Museo Universidad de Navarra

Arquitecto: Rafael Moneo

Ubicación: Pamplona. Campus de la Universidad de Navarra

 

La Universidad de Navarra tiene un campus en la mejor tradición anglosajona. Ocupa trece hectáreas, con un 40% de espacio verde y sólo un 7,5% de superficie edificada. En su extremo norte, que limita con el barrio de Iturrama, Rafael Moneo presentó ayer el Museo Universidad de Navarra, que abrirá al público en enero para mostrar la colección de arte abstracto de María Josefa Huarte y un legado fotográfico, encabezado por el de Ortiz-Echagüe, que suma 10.000 imágenes.

Este es el décimo museo que firma Moneo, autor por ejemplo del de Arte Romano de Mérida, el de Arte y Arquitectura de Estocolmo o la ampliación del Prado, todos ellos muy característicos. En Pamplona, en cambio, ha optado por una pieza que renuncia a imponer una volumetría poderosa, pese a envolver 11.000 metros cuadrados construidos. Lo consigue fragmentando el programa, aprovechando su posición encajada en una ladera y habilitando una planta subterránea (y dos sobre cota cero). Esta intención se plasma en una fachada muy discreta, en cuya mitad izquierda casi no se aprecia la mano de Moneo. Pero dicha mano sí se nota, y mucho, en el interior, que el arquitecto ha dividido en tres zonas –salas de exposición, teatro-auditorio de más de 700 plazas y reservas–, colocándolas en planta de tal modo que describen un arco, evitando la ortogonalidad y potenciando la condición del edificio como mirador sobre el campus. Esto le permite trabajar los espacios intersticiales, logrando un amplio zaguán, un corredor que imanta al visitante hacia las salas y, también, una serie de rincones particulares que parecen concebidos para realzar lo mejor de la colección y subrayar la polivalencia del edificio. Moneo ha colocado además una sucesión de ventanas por las que el campus entra en el museo y orienta al visitante.

 

Todo el edificio está construido con hormigón abujardado y de tono terroso; pavimentado con basalto pulido y revestido con roble, que separa salas, reviste el auditorio o cubre techos alistonados. Moneo combina materiales con habilidad, apostando a ratos por algo parecido a la modestia y a ratos por el confort.

Los acabados están muy cuidados, ya sea en las fundas de madera de algunas escaleras o en techos que reproducen sutilmente movimientos de la cubierta o en la propia cubierta. Tan sólo el alabastro que tamiza la luz en tres ventanas de sala adquiere un protagonismo quizás excesivo en esta obra de exterior silencioso e interior organizado con libertad y cariño.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 3 de octubre de 2014)