El coste de la violencia

26.07.2015 | Opinión

Mahatma Gandhi, apóstol de la no violencia, llevó una vida ejemplar en pro de su causa. En India, tan sacrificada trayectoria arrojó buenos frutos. Pero, a nivel global, entrado el siglo XXI, la violencia sigue pletórica. He aquí una prueba definitiva del atraso colectivo, expresada en las numerosas y sangrientas guerras que afligen al planeta; amplificada hasta extremos pornográficos por las barbaridades de Estado Islámico, que surte nuestros telediarios de imágenes horrorosas; y fomentada, a nivel estructural, por una creciente desigualdad en la distribución de recursos.

En tanto que reflejo del pasado salvaje de nuestra especie, que antes de articular el lenguaje y la razón negociaba preferentemente a garrotazos, la violencia imperante nos habla de la lentitud de nuestros progresos. Cualquier persona medianamente instruida o sensible debería apartarse de la violencia como de la peste. Sin embargo, y pese al enorme atraso que refleja, la violencia sigue viva y preside a menudo las relaciones sociales, ya sea entre okupas y guardias urbanos, entre israelíes y palestinos o entre fanáticos islamistas y el resto del mundo.

Ya que no hemos conseguido erradicar estos focos de violencia a base de inteligencia emocional, voy a recoger a continuación una serie de datos facilitados por el Institute for Economics and Peace, que deberían actuar como un repelente definitivo. El principal es este: la suma del coste de los diferentes conflictos en marcha equivalió en el 2014 a 14,3 trillones de dólares. Es decir, el 13% del Producto Interior Bruto mundial. O, dicho de otro modo, uno de cada siete euros disponibles se nos fue en gastos relacionados con las guerras y sus consecuencias. Si es cierto que la razón económica impera en nuestros días sobre cualquier otra, estos datos deberían ser determinantes y bastar para que todo el mundo emprenda la senda de la paz: la guerra es un mal negocio. Al menos, para cuantos no se dedican a la fabricación y tráfico de armas, que somos mayoría.

¿Quieren más datos? Dejando a un lado el coste global de la violencia –en concepto de riqueza no generada, presupuestos militares, víctimas mortales, apoyo a los 60 millones de desplazados y refugiados que ya hay en el mundo, etcétera–, está el coste que deben pagar por ella las naciones que más la sufren. Y, por ende, el factor añadido de desigualdad que la violencia genera. No es necesario recordar que la situación de los países escandinavos, algunos de ellos ajenos a cualquier guerra durante los últimos siglos, es bastante más ventajosa que la de naciones como Iraq, Afganistán, Pakistán, Nigeria o Siria, que ahora concentran la mayoría de muertes por terrorismo y los mayores índices de destrucción bélica.

En suma, la violencia es un atraso. Y, encima, es un atraso muy caro. Ya me disculparán que se lo esté recordando en vísperas vacacionales. Pero es que por ahí siguen atizándose con saña.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 26 de julio de 2015)