El auge del cinismo

12.07.2015 | Opinión

Algunos amigos leídos, viajados y visualmente educados, insisten en que Jeff Koons es un artista interesante. A mí me cuesta compartir esa opinión. Quizás porque considero –llámenme conservador– que a un creador hay que juzgarle por sus obras. Y porque sé que entre sus obras más conocidas está una figurita en tonos dorados de Michael Jackson abrazando a un mono, que no desmerecería en un stand de Lladró; también una colección de fotos del autor solazándose con la actriz porno Cicciolina, en colores apastelados; o ese perrito hecho con globos –de aluminio bruñido y rojo– que recuerda poderosamente a los globos de plástico y aire que nos compraban nuestros padres cuando éramos niños, pero por el que se han llegado a abonar cerca de 60 millones de dólares.

La producción de Koons, el artista vivo mejor pagado del mundo, apela ciertamente a los universos del kitsch, el entretenimiento para adultos y el infantilismo, ninguno de los cuales, dicho sea de paso, requiere excesiva sofisticación mental. Sólo por ello podría ser recibido con ciertas reservas entre quienes se acercan al arte atraídos por sus recompensas sensoriales o intelectuales. Pero lo más preocupante de Koons no es, a mi modo de ver, su producción plástica, tan apreciada por especuladores, celebridades y –¡ay!- museos de todo el mundo, sino el cinismo con que la publicita.

En una entrevista aparecida en vísperas de la inauguración de su retrospectiva en el Guggenheim de Bilbao (que permanecerá abierta hasta finales de septiembre), Koons brindaba al periodista y poeta Antonio Lucas una ristra de perlas de su pensamiento. Por ejemplo: “trato de hacer algo intelectualmente interesante”; “la búsqueda que me interesa es la que avanza hacia la profundidad de las cosas”; “mi trabajo funciona a distintos niveles filosóficos”; “siento un compromiso moral con el espectador”, etcétera.

El cinismo es, en efecto, un denominador común en alguna de las producciones, digamos, culturales, más exitosas de los últimos tiempos. No me refiero, claro está, al cinismo de la escuela filosófica de Antístenes o de Diógenes. Me refiero al cinismo entendido como una conducta fundada en las mentiras y en los actos vergonzosos que, sin embargo, se encadenan sin pestañear ni causar rubor alguno, incluso con cierto orgullo. Cínicos redomados son personajes como el Frank Underwood de House of cards, una de las series televisivas de mayor éxito. Cínico es, en su inmensa mayoría, el universo de los reality shows.

Y cínico de tomo y lomo es Jeff Koons, que, a base de echarle mucho estudio de mercado, mucha labia y mucha pose, ha conseguido colocar filfa a precio de oro a esa nueva clase dirigente plagada de ignorantes y de desalmados. Estratégicamente, las habilidades de Koons son dignas de admiración. Pero los daños colaterales causados por estas sobre la ética colectiva son tremendos.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 12 de julio de 2015)