El ascensor descendente

09.02.2014 | Opinión

Una mujer sube al ascensor en planta baja y pulsa el botón inferior: -2. El ascensor da una sacudida e inicia el descenso. La mujer intenta recordar la plaza donde dejó su vehículo y, antes de que eso ocurra, se pone a pensar en las gestiones que debe resolver esa tarde. El ascensor pasa ante el nivel -1 y prosigue su camino. La mujer saca las llaves del coche del bolsillo y, de modo irreflexivo, prepara la musculatura de las piernas para la inminente parada, que seguramente vendrá acompañada de otra sacudida.

Pero la parada no se produce. La puerta del nivel -2 se desliza hacia arriba ante sus ojos atónitos, como un crédito cinematográfico, y desaparece sucedida por un muro interminable. El ascensor sigue cayendo. La mujer mira la botonera para cerciorarse de que no hay paradas bajo el -2. Mira su reloj y no ve nada. Vuelve a mirarlo y verifica como pasan uno, dos ,tres, cuatro segundos. El ascensor parece descender más rápido. Según se prolonga este viaje hacia simas ignotas, aumenta la angustia de la mujer: cuando más baje, más tardará en subir, si es que en algún momento deja de precipitarse por ese infinito túnel vertical hacia las entrañas de la Tierra…

Viene a mi memoria esta pesadilla a raíz de la retrógrada ley del aborto preparada por el ministro Gallardón, que no hace tanto posaba como el rostro “progre” del PP -si acaso existe tal cosa- y ahora se ha acreditado para siempre como destacado contrarreformista de su partido. Un freudiano quizás atribuiría la mencionada pesadilla a inseguridades y fobias personales. Pero hoy yo la atribuiría a factores externos, a temores fruto de la deriva regresiva del PP, que se ha manifestado ya en varios terrenos, del educativo al sanitario, pasando por el social y el de las libertades.

El otro día vi en la tele a una de las manifestantes madrileñas contra esta reforma. “Es increíble -decía-; hace treinta años estaba aquí mismo, manifestándome en pro de las libertades que conquistamos y que ahora nos quieren quitar”. Tenía razón. ¿Cuándo dejará el PP de desmantelar progresos sociales que aplaude no sólo la oposición, sino también buena parte de los suyos?

La respuesta a esta pregunta depende del día. El optimismo nos lleva a pensar que todo tiene un limite, incluido el deseo del PP de agradar a sus seguidores más intransigentes, que se aferran a un código restrictivo y pretenden imponerlo a los demás. Pero el día a día nos dice lo contrario, y uno piensa que la asociación de la política del PP con la pesadilla del ascensor no es caprichosa. ¿Cuál será el próximo trabajo de Penélope acometido por el PP en su carrera de regreso a los orígenes? ¿Recuperar el Estado confesional? Castigar a las mujeres que no se sometan a su doctrina? ¿Privarlas del derecho a voto? ¿Encerrarlas en el ascensor descendente de la contrarreforma española?… Esa sí que es una pesadilla. Y no se ve la hora del despertar.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 9 de febrero de 2014)