He seguido con interés la carrera de Damien Hirst, figura señera de los Young British Artists, desde que ganó el premio Turner en 1995, sólo seis años después de acabar sus estudios en el Fine Arts Goldsmiths College. Me refiero a su carrera artística y, quizás con mayor asombro, a la económica. Era difícil no hacerlo. Porque las obras de Hirst, desde las de la serie Natural history –como el tiburón de 4,2 metros flotando en un tanque de formaldehído– hasta For the love of God, la calavera de platino recubierta de 8.601 diamantes, solían tener asegurada su reproducción en las páginas de la prensa. Como la arquitectura de Zaha Hadid, cada nueva producción de Hirst era un desafío a la audiencia. No ya por su audacia formal, como ocurría con los edificios de Zaha, sino por el casi pornográfico choque entre la vida, la muerte y el dinero, sus grandes temas, que en ellas se daba.
La carrera artística de Hirst no ha estado exenta de altibajos. Pocos discutirán la potencia formal de ciertas creaciones suyas. Pero su serie de obras abstractas a la manera de las que antaño hicimos todos en las ferias de pueblo, echando pintura de colores sobre una cartulina blanca que giraba dentro de un barril, parecían una meridiana tomadura de pelo. Y eso no fue lo peor. Cuando a Hirst le dio por pintar él solito (prescindiendo del equipo de hasta 250 colaboradores a sueldo de su marca), y presentar en una galería pinturas “a lo Francis Bacon”, las críticas que recibió fueron demoledoras.
Sin embargo, la carrera económica de Hirst, tutelada por su avispado mánager Frank Dunphy, había ido siempre para arriba, hasta convertirle en el artista británico más rico. En alguien capaz de amasar 40 millones de libras en un fin de semana. O, cuando su demanda se disparó, de abrir una exposición y, en lugar de permitir a los nuevos ricos que se pelearan a puñetazos por sus piezas –eso también hubiera generado fotos llamativas–, montar con ella una subasta en Sotheby’s. El resultado fue espectacular. Hirst se embolsó, de una tacada, 111 millones de libras. Pocas fechas después, estalló la burbuja de Lehman Brothers.
El negocio fue así de bien hasta hace poco.  Según confiesa Hirst en una entrevista concedida a Idler, pasó de ganar esas cifras astronómicas a descubrir que los gorrones no parasitan sólo a toreros, y verse obligado a echar a 50 empleados y a vender parte de su colección de arte.
 Tuvo que ver con ello la volatilidad del mercado del arte, la disipación de Hirst –“la última resaca me duró dos semanas”, revela–, la ruptura con Dunphy y su ignorancia financiera. Ahora, sobrio y con una empresa algo más viable, se dedica a pintar cerezos en flor, en la línea puntillista de Seurat, pero recurriendo al gran formato, y logrando unas nubes de color que nada nuevo dicen, pero tienen la virtud de no soliviantar a la crítica.
Aún va a ser que el principal artista de la marca Hirst era el mánager Dunphy.

(Publicado en "La Vanguardia" el 22 de marzo de 2020)