Francia debate estos días sobre la conveniencia de desenterrar los restos de los poetas Arthur Rimbaud y Paul Verlaine de sus tumbas para luego trasladarlos al Panteón, donde reposan las glorias de la cultura francesa, de Voltaire a Marie Curie, pasando por Victor Hugo, Émile Zola o Jean Monnet. Algunos partidarios de la operación sostienen que Rimbaud y Verlaine se ganaron ese destino reservado a los inmortales. Otros defienden la oportunidad de rendirles el supremo homenaje subrayando su condición homosexual y la norma-lización de la misma que comporta el men-cionado honor. Quienes se oponen al traslado afirman que el espíritu contestatario de la pareja colisiona frontalmente con la pompa propia de los funerales nacionales. Unos y otros tratan de llevar el agua a su molino, a costa de los homenajeados. El debate social propio de nuestros días, aplicado a Rimbaud y Verlaine, acapara ya más atención que su legado literario.
James Prichard, bisnieto de Agatha Christie, cree que, para no herir sensibilidades raciales, es conveniente cambiar el nombre de la novela Los diez negritos –el gran éxito de la célebre autora inglesa, con cien millones de ejemplares vendidos– por el de Ya no queda ninguno. En Estados Unidos y Gran Bretaña el cambio ya se produjo decenios atrás. En Francia acaba de acordarse. En España viene de camino. El hecho de que el componente racista de esta novela se concentre en las diez figuras cerámicas que simbolizan a cada uno de los diez personajes de carne y hueso que van siendo asesinados en sus páginas, uno por uno, no parece ser ya muy relevante. La palabra negro se valora hoy como un insulto y no debe mentarse, ni siquiera en el título de una de los más exitosos libros del llamado –con perdón– género negro.
El arte, ya sea mayor y revolucionario, o próximo al entretenimiento, es hoy más que nunca un arma. Pero no un arma destinada prioritariamente a instruir y liberar de prejuicios a quienes a él se acercan sino, por el contrario, un arma empuñada en los debates actuales con otros fines, para defender o combatir este o aquel estereotipo social. Lo constato aquí, a estas alturas ya con más resignación que acritud. Y constato también, de paso, que mientras se llevan a cabo estas operaciones de salón tan bien intencionadas, los homosexuales siguen siendo víctimas de agresiones homófobas en nuestras calles, y los negros tienen, en Estados Unidos, muchas más posibilidades que los blancos de ser asesinados por la policía. Lo cual me hace pensar que sería mejor disfrutar del arte de los creadores en tanto que alimento intelectual, más que como arma social, y votar luego a los políticos que nos prometan resolver las injusticias relativas a la condición social, el sexo, la raza o la opinión. Nuestra mente se beneficiaría de ello. Y el mundo, en general, también. Pero lo veo improbable. Por no decir negro.

(Publicado en "La Vanguardia" el 4 de octubre de 2020)