Sin imagen

El alto precio de la libertad

08.01.2015 | Y más

Cuando murió el presidente francés Georges Pompidou, “Charlie Hebdo” le despidió con una caricatura en portada tachada con un aspa, sobre el titular “¡Nunca más esto!”. Cuando murió Michael Jackson, “Charlie Hebdo” dibujó su esqueleto blanquecino, junto al siguiente titular: “Michael Jackson, por fin blanco”.

En la primera página de esta publicación han aparecido en actitudes cómicas –salvo, quizás, para ellos– desde Mitterrand hasta Gadafi, pasando por el Papa, Johnny Halliday, Sarkozy, su esposa Carla Bruni, destacados plutócratas, rabinos o el profeta Mahoma. “Charlie Hebdo” no ha hecho distingos entre poderosos. Parafraseando al misántropo que proclamaba “yo no tengo manías, odio a todo el mundo”, podría decirse que para los escritores y dibujantes de “Charlie Hebdo” todo y todos son objetos de sátira.

De esta revista se dice, con razón, que es molesta, insolente, cáustica, soez y, a ratos, raya en lo cruel. Es cierto: su tono está en las antípodas de lo versallesco o de la corrección burguesa. Pero esa línea faltona, estos excesos a menudo discutibles, se combinan con una defensa cerrada de las libertades, y en particular de la de expresión; una defensa que cabe calificar también de insobornable, valerosa y arriesgada. Otras revistas habrán atemperado ímpetus y censurado sumarios ante la amenaza intolerante. Pero no “Charlie Hebdo”, que ha enarbolado esa bandera de la libertad ante cualquier viento. Es de justicia recordarlo en esta hora trágica.

No hay noticia, en la historia reciente, de un ataque a una revista que se haya saldado con una carnicería comparable a la registrada ayer en París. Y, sin embargo, “Charlie Hebdo” se inscribe en una tradición más que bicentenaria, la de la prensa satírica francesa, que se asomó a los quioscos en los albores de la Revolución Francesa, con publicaciones que dirigían sus dardos a la monarquía, institución que entonces encarnaba el poder. El objetivo principal de la prensa satírica ha sido siempre exponer y criticar los excesos de los poderosos, mediante un relato de la actualidad que persigue la sonrisa y la complicidad del lector, a partir de caricaturas de quienes mandan y quieren imponer su fuerza, su doctrina o su yugo. Hablamos de una tradición extendida por toda Europa, y que en el caso francés evoca cabeceras como “La Silhouette”, “Le Charivari”, “Le Crapouillot” o “L’Assiette au beurre”. Y que hoy tiene sus principales bastiones en “Le Canard Enchaîné”, un semanario también mordaz que este año cumplirá su primer siglo de existencia, donde tienen mucho peso las investigaciones periodísticas, y en “Charlie Hebdo”, fundado en 1970, con una línea más desabrochada y alrededor de 40.000 ejemplares de tirada, fiel heredero de aquel “Hara-Kiri” que fue prohibido por las autoridades francesas a resultas del modo irrespetuoso con que despidió al general Charles de Gaulle.

Los fanáticos islamistas se han convertido, en los últimos tiempos, en uno de los blancos favoritos de “Charlie Hebdo”. Esta revista no incita, obviamente, a la violencia contra ellos, pero sí intenta convertirles en sujetos risibles, porque todo cuanto atenta contra la libertad le parece una broma de mal gusto. Los encontronazos con estos fundamentalistas empezaron cuando “Charlie Hebdo” decidió reimprimir las viñetas sobre Mahoma publicadas en 2006 por el diario danés “Jyllands-Posten”, y una portada donde aparecía Mahoma diciendo “es duro ser amado por tontos”. Siguió con un atentado con bombas incendiarias en 2011, la víspera de un número en el que Mahoma, de nuevo en portada, anunciaba “cien latigazos para quien no se muera de risa” [con el contenido del número]. Y culminó con la masacre de ayer, entre cuyas víctimas están dibujantes veteranos inconformistas como Wolinski (80 años) o Cabu (76), que han acabado pagando con la vida su resuelta defensa de la libertad.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 8 de enero de 2015)