Doble de belleza

16.02.2014 | Opinión

A veces la cartelera cinematográfica es un páramo. Decimos entonces que “no hay nada”, y ni siquiera las sesiones económicas a cuatro euros nos animan a salir de casa. A veces, en cambio, hay donde elegir. Ahora mismo están en cartel media docena de películas dirigidas al gran público a cuyo término uno no cree haber tirado el dinero. Por ejemplo, “El lobo de Wall Street”, retrato descarnado de un ladrón vestido de tiburón bursátil, narrado con voz propia por Scorsese. Por ejemplo, esa oda al timo “vintage”, versión años 70, que es “La gran estafa americana” desde su escena inicial (la del enrevesado montaje del peluquín de Christian Bale). O, por ejemplo, “Nebraska”, de Alexander Payne, retrato intimista de una relación paternofilial enmarcado en un bello y desolado escenario de EE.UU. al que se asoman la miseria y la estulticia.

En todas estas películas los referentes genéricos son evidentes. Podemos hablar de relatos que se inscriben en la tradición de las “biopics” de personajes desaforados, o de las ingeniosas intrigas que desafían la perspicacia del espectador, o de las “road movies” con retratos psicológicos sobre fondo campestre. Y, por supuesto, los referentes son más claros todavía en películas “de autor”, también vivas en la cartelera, como “Blue Jasmine” de Woody Allen o “A propósito de Llewyn Davis” de los hermanos Coen.

Todas ellas son películas apreciables, merecedoras de la gran pantalla. Pero quizás no iría a ver ninguna de ellas por segunda vez, como he hecho con “La gran belleza”, cinta de Paolo Sorrentino espléndidamente protagonizada por Toni Servillo como Jep Gambardella, escritor inteligente y desesperanzado.

¿Por qué motivo va uno a ver por segunda vez una película? En el caso de “La gran belleza”, porque retrata, en una Roma clásica y dorada, muy bien localizada y fotografiada, las variadas formas de la mentira –o del disimulo– ante la tragedia vital; porque lo hace con un formato que puede parecer caprichoso y deslavazado, pero sigue una lógica precisa; porque posee gran sentido del ritmo narrativo y aporta una caligrafía cinematográfica rica y detallista; porque espolvorea humor sobre su guión; y porque expone de modo sorprendente un asunto cuyas dimensiones son ni más ni menos que las de la aventura humana.

“Estamos todos al borde de la desesperación”, dice Jep en una reunión mundana. En eso, todos los amigos que charlan y beben de noche en su terraza sobre el Coliseo se asemejan. Pero sólo él –y a ratos su enana editora– parece capaz de surfear el oleaje de la desesperación con la inteligencia intacta, el vestuario impecable y el paso elegante, incluso cuando el aturdimiento gana terreno, la muerte ronda su entorno, los recuerdos le pesan y los ministros de la espiritualidad resultan ser muy terrenales… Quizás por todo eso uno vuelve a ver esta hermosa película, que retiene nuestra atención durante 142 minutos. Para disfrutar y aprender.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 16 de febrero de 2014)