El discurso de Pablo Casado en el debate de la moción de censura de Vox generó el jueves 22 de octubre una reacción favorable muy extendida. Eso es algo que no suele pasarle a Casado cada vez que sube a la tribuna de oradores del Congreso. Ni tampoco a sus rivales (con la excepción, a veces, del peneuvista Aitor Esteban, que en dicho debate volvió a estar sembrado). Pero, en su día de gloria, Casado cosechó entre los suyos gritos de “presidente, presidente”, mientras los rivales le reconocían talla de estadista, condición necesaria e inexcusable para evitar, si algún día se llega al poder, estropicios (como los de Puigdemont o Torra, por ejemplo).
Y ya que hablamos del tema, ¿qué es un discurso político digno de ese nombre? ¿Qué es un gran discurso? Pericles, Demóstenes, Cicerón y otros clásicos pronunciaron discursos tan estupendos que aún los recordamos. Pero hace siglos que palmaron. Quien hoy acuda al Congreso, al Parlament o a la Asamblea de Madrid en busca de oratoria elocuente y retórica bien cincelada probablemente se deberá conformar con tipos que no distinguen entre la moción, el mitin, el sermón y la riña tabernaria. Un timo.
Sin embargo, casi todos sabemos aún de Churchill, Azaña, King o Allende y de los imprescindibles discursos que dieron en encrucijadas históricas. Un somero análisis sus alocuciones mayores nos indica que su objetivo fue alentar a una nación enfrentada a enormes desafíos, animarla a extraer lecciones de un pasado cainita, dibujar juntos un mañana mejor o regalar al prójimo su testamento vital.
El célebre “No tengo nada que ofrecer salvo sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas” pronunciado por Winston Churchill en 1940 es un paradigma de discurso galvanizador. El “Paz, piedad y perdón” de Manuel Azaña señaló de modo conmovedor una vía de reconciliación en 1938, cuando la Guerra Civil rebosaba aún atrocidades. Martin Luther King –“Yo tengo un sueño”– iluminó en 1963, poco antes de ser asesinado, un futuro prometedor. Otro tanto hizo Salvador Allende en 1973 en un Palacio de la Moneda ya sitiado por golpistas: “Más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre”. De hecho, no hace falta ir tan lejos: Pepe Mújica se despidió días atrás en el Senado uruguayo con un emotivo adiós que sus señorías, las de Montevideo y las de aquí, deberían memorizar de pe a pa.
¿Vamos a situar el discurso de Casado en este nivel? No. El Hitler al que se enfrentó el líder del PP es de chichinabo, veremos si la reconciliación que pregonó está de veras en su agenda, no galleó bajo fuego real y es muy joven para testar. Aún así fue un discurso sólido y pertinente. Porque lo que hace falta ahora, en España o en Catalunya, son discursos que se aparten de los extremos, tiendan la mano al rival y agüen la polarización. Y, aunque sea injusto, son más bienvenidos los de quienes antes se los callaban.

(Publicado en "La Vanguardia" el 1 de noviembre de 2020)