Después del vendaval

06.12.2015 | Opinión

Bartomeu Marí acaba de ser nombrado director del Museo Nacional de Arte Contemporáneo de Seúl. Se abre para él una etapa en Corea del Sur, lejos del Museu d’Art Contemporani de Barcelona (Macba) que dirigió desde el 2008, cuando relevó a Manolo Borja-Villel, hasta este año.

Marí debe sentir cierto alivio, tras un 2015 duro para él y, también, para el Macba. La exposición La bestia y el soberano, que incluía una obra de inspiración fallera de Inés Doujak (donde el rey Juan Carlos aparecía en posición comprometida), desató en marzo un vendaval. Fue cancelada horas antes de su inauguración, luego abierta, y motivó la salida de Paul B. Preciado y Valentín Roma, los programadores del museo, y también la de Bartomeu Marí como director. Si el Macba se hubiera disparado un tiro en el pie adrede no lo hubiera hecho mejor.

La maldición del Macba en el 2015 no acabó con aquella crisis. Leopoldo Rodés, impulsor del museo y presidente de su fundación, falleció en julio en accidente. Con él se perdió a un empresario sensible al arte y a un extraordinario embajador de Barcelona. Le sucedió en la presidencia su viuda, Ainhoa Grandes.

Preciado, con buenas conexiones globales, se recolocó en la Documenta de Kassel 2017 como comisario de proyectos públicos. Roma se ha reciclado con mayor discreción. Y Marí, como decíamos, abre nueva etapa en Extremo Oriente. También lo hace, en Barcelona, Ferran Barenblit, que le sustituye en el Macba, con la ilusión de quien afronta un nuevo y exigente desafío.

Podríamos decir que tras la tempestad llegó la calma, que la normalidad ha vuelto al Macba. Diríamos en tal caso la verdad, pero sólo parte de la verdad. Porque el Macba, que en sus veinte años –recién conmemorados– se ha labrado un prestigio en la escena global, carga aún con el borrón de la censura. Un borrón que algunos se empeñan en perpetuar, como se ha visto en Seúl, donde bajo ese pretexto se quiso torpedear la candidatura de Marí, sin reparar que, así, se hurgaba en la herida del museo barcelonés.

En fin, no se trata de una herida mortal. El paso del tiempo borrará también su cicatriz. Pero, ahora que ha pasado medio año, quizás sea hora de recoger sus enseñanzas. La primera es que la buena marcha de las instituciones donde conviven intereses públicos y privados requiere de su equilibrio. En materia artística, el conservadurismo no es a priori mejor ni peor que la transgresión. Y viceversa. Cuando uno de sus tenores se excede y se pone estupendo o inflexible, el resultado puede perjudicar a todos. La segunda es que el Macba debe defender el interés colectivo, y guardarse de quienes priorizan el suyo particular. He aquí dos enseñanzas útiles en cualquier estación. Sobre todo en esta, cuando los grandes museos catalanes malviven sin recursos, mientras las autoridades culturales presentan alegremente planes para crear otros, también sin recursos.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 6 de diciembre de 2015)