Desinterés general

13.12.2015 | Opinión

Municipales en mayo, autonómicas en septiembre, generales el domingo que viene, nuevas autonómicas en marzo (si la CUP así lo estima oportuno)… Vivimos en un frenesí electoral. Los cuarenta años de franquismo, sin más consultas que unos referéndums de chichinabo, dejaron paso a lo que denominamos normalización democrática, con su ritmo cuatrienal de comicios. Pero en los últimos meses las elecciones se han amontonado y, con ellas, su repertorio de rostros más o menos familiares y su retahíla de lemas previsibles e inexactos. Verbigracia: en las banderolas colgadas de las farolas barcelonesas, Mariano Rajoy se proclama como la encarnación del seny y Pedro Sánchez como la solución. No les digo más.

Puesto que vivimos en constante campaña electoral, quizá sea oportuno recordar una aspiración esencial, pero a menudo postergada, de los regímenes democráticos: el interés general. Es decir, el bien común de la sociedad, de todos y cada uno de sus miembros. La Constitución española es, en este sentido, inequívoca. En su artículo 103 leemos que “el objetivo de la administración pública es servir con objetividad los intereses generales”. Y, por tanto, el objetivo principal de los políticos, que ahora andan ocupados descalificándose unos a otros en debates y mítines, no debería ser sino obrar, una vez ocupada la Administración, por el interés general.

¿Es eso lo que ocurre habitualmente? Contestaré a esta pregunta con otras dos. ¿Trabaja Artur Mas por el interés general catalán al priorizar la aventura independentista, cuando más de la mitad de los catalanes no la secundan? ¿Trabaja el Partido Popular por el interés general de los españoles cuando, pongamos por caso, minimiza la importancia de la corrupción que ha gangrenado su cuerpo?

Si la respuesta a las anteriores cuestiones fuera no, cabría hacerse una tercera: ¿en qué trabajan entonces nuestros amados líderes? Ellos replicarán sin pestañear que en favor del interés general. Pero se hace difícil verlo. Miro a Artur Mas, presidente con vocación de Moisés, y sospecho que su interés general pasa por seguir surfeando la ola independentista y, de este modo, aplazar su particular e inexorable batacazo final. Miro a Oriol Junqueras y le oigo decir que trabaja por el interés general de los catalanes, pero yo sospecho que lo que más le interesa es presenciar ese batacazo de Mas. Miro a Carme Chacón y veo una ambición personal en estado puro y en carne viva, disfrazada de interés general. Ni siquiera la bienintencionada alcaldesa Ada Colau y los suyos defienden el interés general cuando se concentran en las necesidades de una parte de la población y consideran las del resto suntuarias. Por no hablar, pasando de lo público a lo privado, de esos capitanes de empresa que, tras proclamar su fe nacional, han trasladado la sede fiscal a Madrid.

Napoleón, que mandaba mucho (y no engañaba a nadie), decía que hay que gobernar de acuerdo con el bien general, pero no con la voluntad general. Así convirtió Europa en un inabarcable campo de batalla. Napoleón, no lo olvidemos, murió hace casi dos siglos. Y ahora, aunque lo olvidemos a menudo, existe un proyecto comunitario para defender los mejores valores europeos, al que todos deberíamos contribuir. Existe, además, cierto consenso social sobre lo que es el bien común. No es pelearse con hermanos o vecinos, ni crear nuevas fronteras, o cerrarlas. El bien común se verifica en los países avanzados cuando estos funcionan bien, protegen los derechos y las libertades y atienden las necesidades educativas y sanitarias de sus ciudadanos. Ni más ni menos que eso.

Sin embargo, los hechos nos indican que dicho interés general no siempre es el que defienden nuestros gobernantes. Durante la campaña electoral, sí. Pero, una vez alcanzado el poder, el lío les atrapa y todo se relativiza. La última vez que en este país se habló alto y claro del interés general a media legislatura fue en 1997, cuando se aprobó la llamada ley del Fútbol. Del Consejo de Ministros al BOE, pasando por los bares de barrio, todos coincidieron entonces en que ciertos partidos de balompié eran “de interés general” y exigían determinadas condiciones de retransmisión.

Aquello fue una excepción. Lo usual es que al interés público o general se opongan los intereses creados de quienes actúan interesadamente y guiados por el propio interés. Así las cosas, quizás convenga advertir a nuestros timoneles que su interés, si no es general, generará nuestro desinterés. Atentos, pues: más interés general, menos intereses particulares y, si van a incurrir, también ellos, en el desinterés, que sea al menos en el que conlleva desprendimiento e inclinación a compartir.

En fin, disculpen el tono cursi de este canto al interés y el desinterés general. Lo atribuyo a que estamos en vísperas de Navidad, que es día para la esperanza. Otra cosa sería si lo publicara el 27 de diciembre, víspera de los Santos Inocentes, que es cuando espero regresar a esta página.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 13 de diciembre de 2015)