Uno se ha pasado la vida soñando con años sabáticos o, en su defecto, al acercarse a la edad provecta, con el teletrabajo. Esta variedad laboral presenta la desventaja de perder el contacto directo con los queridos compañeros de la oficina, de verse privado de su saber, su calor y sus ingeniosos chascarrillos. Pero, también, el teórico atractivo de poder organizar el horario de la jornada laboral a discreción, y de desarrollarla en la ciudad, la montaña o el mar.
Ahora, por fin, la epidemia global del coronavirus ha ofrecido a muchos la posibilidad de descubrir las delicias del teletrabajo. Y ha resultado que superaban todas las expectativas.
No voy a hablar de los que han tenido que compaginar el teletrabajo con el cuidado de hijos, abuelos o familiares convalecientes confinados en una misma casa. A estas alturas algunos quizás preferirían  haber sido alcanzados ya por la enfermedad –en su versión no letal, claro está– a seguir multiplicándose para atender responsabilidades tan dispares. Hablaré, sin más, de los que han convertido temporalmente una habitación de su domicilio en su nueva oficina, donde equipados con ordenadores portátiles, tabletas y teléfonos móviles, todos ellos interconectados, han tratado de reproducir telemáticamente el ritual de tareas, reuniones, planes, charlas, órdenes, discusiones y gritos propios del trabajo en la oficina.
Esta modalidad laboral no carece de alicientes. Por una parte, obliga a los ciudadanos pretecnológicos –pero no por ello despreciables– a desasnarse en materia digital y, así, escapar a la marginación severa que aguarda en el futuro inmediato a quienes no sepan moverse en el mundo virtual. Por otra, añade emoción a la rutina cotidiana, a menudo tediosa: en los momentos más inoportunos, las conexiones suelen fallar; las baterías, exhaustas, rinden su alma al señor; y las pantallas teóricamente a nuestro servicio, pero ya en avanzada fase de emancipación, empiezan a emitir mensajes con los que nos recuerdan, cual estrictas gobernantas, qué estamos autorizados a hacer y qué no. Es decir, toman el mando de facto. 
No es necesario añadir que todo ello sucede, preferentemente, cuando se excede ya el horario de la jornada laboral, uno sufre dolorosas contracturas de espalda, y todavía nos queda un montón de trabajo por delante para rematar la agenda del día.
Dicho esto, y sin entrar en comparaciones con playas soleadas y pistas de esquí, con bares tentadores y restaurantes estrellados, con estadios y teatros, con fiestas privadas y macrofestivales, también apuntaré que cuando el virus nos dé un respiro quizás le descubramos a la oficina algún que otro atractivo, hasta ahora ignorado. No lo descarten. El mundo, según nos dicen, será distinto cuando esta terrible pandemia quede atrás.

(Publicado en "La Vanguardia" el 30 de marzo de 2020)