SAPILLO balear, alcaudón chico, tortuga mediterránea, tritón del Montseny, gacela dorca, espátula, garcilla común, autillo, galápago leproso y buitres negro y leonado: estas serán las once únicas especies autorizadas a reproducirse en el zoo de Barcelona. Es decir, las únicas que podrán verse allí dentro de unos pocos años, cuando la parca se haya llevado ya a elefantes, jirafas, leones y a los hasta 2.000 ejemplares de 300 especies, la mayoría extranjeras, que hoy residen en el parque de la Ciutadella.
Debemos este drástico plan de desahucio de animales foráneos a las asociaciones animalistas. Gracias. También al Ayuntamiento de Barcelona, más sensible al maximalismo de los activistas que al criterio de los responsables del zoo y de los científicos al servicio de la administración municipal. O que a las aportaciones del zoo en el ámbito de la genética, la educación o la colaboración internacional. O que a las preferencias de los niños barceloneses, que durante generaciones, sin distinción de clase ni género, han conocido –y apreciado– a las especies salvajes en el zoo.
Los activistas visitan el zoo y lo primero que ven es un cruel residuo colonial que urge liquidar. Los niños, sin voz en este sainete, visitan el zoo y se hacen una primera idea de la fascinante diversidad del reino animal y de la anchura del mundo. Esas visitas al zoo, lejos de avivar su atávico gen imperialista, quizás despierten en ellos cierta sensibilidad y afán de protección de los animales. E incluso la conciencia de que nada es perfecto: ni el día a día de los inquilinos del zoo, a veces amuermados y polvorientos, ni la bondad de quienes pretenden salvarles negándoles su estancia aquí.
El mundo ideal, igualitario y libre de colonialismos –políticos, económicos o intelectuales– es todavía una quimera. Y no es ocioso recordar que el género humano exige a veces sacrificios a algunos de sus miembros, molestos para ellos, pero positivos para la colectividad. ¿Tan abusivo es exigírselo a algunos animales? ¿Tan grave es destinar un porcentaje mínimo de la fauna salvaje a los zoos? La idea de que el colonialismo se vence cerrando zoos, cuando China está relevando en África y en Latinoamérica a los colonizadores occidentales, es algo ingenua. Mantener en cautividad a especies salvajes es, claro está, antinatural. Pero, paradójicamente, quizás sirva para conservar el roce de los jóvenes con ellas y así estimular su deseo de preservarlas.
Un zoológico con sapillos baleares y demás fauna rigurosamente autóctona suena estupendo, y además sintoniza con políticas excluyentes en boga. Pero, so pretexto de defender la dignidad de elefantes, tigres, leones y demás, se puede acabar expulsándolos del imaginario infantil, convertidos en algo remoto y de facto tan extinto como los dinosaurios. Salvo para los que puedan permitirse safaris fotográficos en África (antes de que los prohíban por ser otra afrenta poscolonial insoportable).

(Publicado en "La Vanguardia" el 24 de febrero de 2019)