Declive de la autocrítica

22.06.2014 | Opinión

Pongo el noticiario de la tele, aparece Mariano Rajoy y declara: “Llevo toda la vida haciendo el pasmarote ante las peticiones catalanas y todo lo que he conseguido ha sido fabricar más independentistas. He metido la pata”. Luego sale Artur Mas y afirma: “He reducido mi presidencia a un solo tema, como si a los catalanes no les preocupara otra cosa. Me he equivocado. Discúlpenme”. Le sucede Oriol Junqueras, que dice: “Cuando tomé el mando de ERC este país todavía tenía algo de oasis catalán. Hoy está tenso, dividido, es más intolerante y, por tanto, menos inteligente. Parte de la culpa es mía”. Y, como guinda, aparece un jugador del Barça tras perder cualquier título y suelta: “Estamos desmotivados, torpes y mayores. Esto no volverá a ser lo que fue, al menos con nosotros de titulares. No deberíamos generar falsa ilusión a cambio de un dineral. Perdón”…

–Moix, ¡¿qué canal es es?! ¡¿Por qué tú lo ves y nosotros no?! ¡¿Dónde podemos sintonizarlo?! –clamará algún lector.

Lo siento, también yo voy a decepcionarles. Ese canal sólo lo veo y oigo en sueños. Es sabido que a veces sufrimos pesadillas, como si la vida no aportara ya sus sinsabores de serie. Y que a veces soñamos lo que anhelamos. Pues bien, los sueños del primer párrafo pertenecen a esta segunda variedad. A su manera, constituyen un lamento por la rareza de la autocrítica. O quizás un réquiem.

La autocrítica es una crítica cuyo emisor y destinatario son la misma persona. Antes se practicaba en los partidos de izquierda, aunque a veces sólo era para ahorrar en verdugos. Ahora no se escucha ni en Podemos, pese a que en esta formación se detectan tics leninistas, que creía extinguidos con mi juventud.

La autocrítica no es plato apetecible. Tiene un primer bocado amargo, en el que uno desvela a sus congéneres las propias debilidades. Pero, si es sincera, tiene luego un segundo bocado más gustoso: uno se siente mejor consigo mismo y, si no abusa, acaso recupere con ella parte del crédito perdido. Lo recuerdo aquí porque la mayoría de nuestros líderes parecen haberlo olvidado. Tanto es así que suelen exhibir contumacia en el error y no abandonan el cargo ni cuando la corrupción les salpica y, en lugar de erradicarla, silban. Así es como dan un ejemplo penoso, taponan a los correligionarios prometedores y alientan a los sumisos, que les harán buenos al sucederles.

Esta norma tiene una excepción en la corona española, que acaba de cambiar de testa. Creo que la monarquía es un anacronismo, y no puedo asegurar que toda la trayectoria del rey Juan Carlos haya sido irreprochable. Pero es un hecho que, desde la cúspide del Estado, fue capaz de pedir disculpas por un error africano. Y también lo es que, a diferencia de cualquier líder político, ha preparado a su sucesor para que fuera mejor que él, y le ha cedido el cargo a tiempo. El día en que todos los políticos actúen como él, mis noches serán más plácidas.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 22 de junio de 2014)