La identidad nacional catalana –nos vienen a decir sus guardianes– es única. Pero, a la vez, muy parecida a otras. Catalunya posee un hermoso ramillete de valores supuestamente singulares cuya conservación y desarrollo justificaría con creces, según sus incondicionales, el proyecto independentista. De modo que diluir esos valores específicos en los de España se nos presenta como un auténtico despilfarro. Ahora bien, todo ello no impide que esos mismos soberanistas desdibujen la identidad catalana al asociarla reiteradamente a colectivos dispares, disímiles y remotos.
El mes de agosto que ayer terminó ha sido pródigo en ejemplos de este proceder. El día 15, aprovechando el 72.º aniversario de la independencia de la India, que es una efeméride aquí muy celebrada, la inefable consellera de Presidència, Meritxell Budó, trazó un paralelismo entre la senda que llevó a la India a la independencia del Reino Unido y el procés. (Se refería, dicho sea de paso, a la misma India que acaba de revocar el estatuto de Cachemira). Dos días después, el conseller de Polítiques Digitals i Administracions Públiques, Jordi Puigneró, tuiteó un recuerdo compartido para las víctimas de los atentados yihadistas del 17-A de 2017 y para “los que lideraron la respuesta y están hoy en la cárcel o el exilio”, en alusión a los procesados en el juicio del 1-O. Como si ambos sucesos fueran de la misma naturaleza o como si las consecuencias que sufrieron unos y que sufren otros fueran semejantes.
A su vez, durante el pregón de las fiestas de Gràcia, el amigo Ferran Mascarell, ahora concejal de JxCat en el Ayuntamiento de Barcelona, enroló metafóricamente en el mismo barco a los náufragos africanos entonces hacinados en el Open Arms y a “nuestra gente que está en la cárcel”. Y JxCat publicó esos días, en plena escalada de las protestas en la excolonia británica de Hong Kong, un comunicado en el que defendía su “derecho a la autodeterminación” porque “posee el inalienable derecho de todo territorio a la libertad de sus ciudadanas y ciudadanos”, y en el que solicitaba la libertad de sus políticos presos.
En pocos días, pues, varios tenores soberanistas han comparado a los catalanes secesionistas con los indios de 1947, y a los políticos catalanes presos con las víctimas del 17-A, con el pasaje mareado del Open Arms y con la juventud que nació en un Hong Kong liberal y consumista y que ahora, con buen criterio, se resiste a la absorción de su ciudad por un régimen autoritario, sin libertades, como es el chino.
Estas y otras afirmaciones se inscriben en lo que ya cabe considerar como una tradición especulativa indepe: la política comparada. En la esfera académica, los eruditos cultivan con rigor la historia comparada o la literatura comparada. Y en la esfera independentista, los militantes cultivan la política comparada con mucha frecuencia, dignidad ofendida y grosería intelectual. Quebec y Escocia son, a su parecer, entes comparables a Catalunya. Con la boca más pequeña, el referente de Israel ha estado siempre ahí. Y en tiempos de hegemonía pujolista, Vytautas Landsbergis, primer presidente de la Lituania independizada de Rusia tras la caída del muro de Berlín, fue definido aquí como un ejemplo para catalanes. La lista de situaciones políticas comparadas a la catalana podría extenderse mucho más allá: pasa por Dinamarca, Kosovo o Ucrania y llega ¡hasta Papúa Nueva Guinea!
Parafraseando el lema periodístico “los hechos son sagrados, las opiniones son libres”, cabe sugerir aquí, a fin de cuestionar tantas semejanzas inexactas e interesadas, que “las comparaciones son libres pero las equiparaciones no”; que unas tienen sentido y otras son pura filfa. Comparar –dice el diccionario– es analizar dos o más cosas para apreciar semejanzas y diferencias. Equiparar, en cambio, es decir de una cosa que es igual o equivalente a otra. Quien compara admite el posible  acierto o el error de su comparación. Quien equipara da por hecho que la comparación es acertada. Aunque no lo sea. 
Creo que quien hable con precisión no dirá que la situación de los catalanes es equiparable a la de los indios en vida de Gandhi, ni a la de los rescatados en alta mar ni a la de las víctimas inocentes y difuntas del 17-A.
No contento con su bien surtido memorial de agravios, el independentismo trata con estas falsas equiparaciones de darse ánimos y vitaminar su victimismo, del mismo modo –si me permiten la comparación– que los culturistas se dopan con suplementos energéticos para abombar la autoestima y el músculo. Como propaganda, el ardid tiene sentido... hasta que se abusa de él. Desde otros ángulos, el recurrente intento de asociar la situación de los catalanes a la de otros colectivos, a menudo en situación mucho más desgraciada, roza lo obsceno.

(Publicado en "La Vanguardia" el 1 de septiembre de 2019