De Cicerón a Wert

19.01.2014 | Opinión

Rafael Argullol, catedrático de Estética de la UPF, contaba el lunes que está llegando a la universidad la primera generación de estudiantes que no saben o no tienen costumbre de escribir a mano, ni de memorizar ni de contar. Es decir, jóvenes que han crecido con el ordenador como apéndice para todo y, por tanto, no se ejercitaron mucho en la caligrafía (teclearon desde niños); no aprendieron a memorizar (los discos duros e internet ya lo almacenan todo); y se ahorraron muchas sumas o restas gracias a las calculadoras (y ahora, en ocasiones, ya no logran multiplicar o dividir si no las tienen a mano).

En el día a día, no me veo volviendo a la estilográfica, porque aprecio de veras las comodidades y recursos que ofrece la escritura con ordenador. Pero también me gusta estar desconectado, con la mente errabunda, y no pagaría cualquier precio por tales comodidades. Sin embargo, al decir de Argullol, eso es lo que se estaría imponiendo.

Los ordenadores, las tabletas y los “smartphones” son pantallas que abducen más y más a la ciudadanía, en un mundo dominado por el bombardeo de imágenes, la velocidad, lo instantáneo y la novedad. Es decir, un mundo con menos espacio para la lectura sin prisa, la reflexión y otras actividades que exigen concentración y ayudan a desarrollar una mente independiente, capaz de improvisar respuestas e incluso preguntas.

Este sometimiento de la palabra a la imagen se manifiesta a menudo entre los jóvenes. En otras épocas se los llevaba para siempre un sarampión o un tifus. Ahora los mata un poquito –o, mejor dicho, los limita– esa dependencia de las máquinas. La cosa podría tener arreglo con algunos ajustes en la educación primaria y secundaria. Por desgracia, no parece que los criterios reformistas vayan por ahí. El martes leí en este diario un reportaje titulado “La filosofía se mercantiliza”, en el que se contaba que la Lomce, en lugar de preocuparse por estas carencias, prevé darle a la filosofía aplicaciones prácticas, en concreto prevé usarla a modo de manual para crear empresas. ¡Ay, esa manía utilitaria! ¡Ay, ese afán por sacarle rendimiento a toda actividad, incluso las que fueron concebidas con fines más elevados!

Acabaré citando tres usos de la filosofía que José I. Wert, ministro de Educación y paladín de la Lomce, parece haber olvidado. Decía Cicerón: filosofar es prepararse para la muerte. Decía Séneca: quien ha aprendido a morir ha desaprendido a servir. Y decía Montaigne: que la muerte me encuentre plantando mis coles, pero despreocupado de ella.

En suma, la utillería electrónica que nos facilita la vida tiene sus riesgos. Y la filosofía puede valer para cualquier cosa, porque nos libera y ordena el cerebro. Pero si la gran idea que tiene Wert en el suyo es decir a estudiantes iletrados que la empresa es lo que da sentido a la filosofía, apaga y vámonos.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 19 de enero de 2014)