Ya no recuerdo en qué antología de humor judío leí la siguiente historia, protago­nizada por un matrimonio hebreo nada más enterarse de que su hijo había decidido casarse con una gentil: “Entonces, Mordecai y Sara, fuera de sí, totalmente desesperados y al grito de ‘¡dame esas tijeras!’, empezaron a pelearse por unas tijeras ­oxidadas que guardaban en el costurero, para ver quién se sacaba con ellas los ojos primero, antes de correr ­hacia la ventana y saltar al vacío”.
La comicidad de este episodio se basa, obviamente, en la exageración. Pero hay que entender también que Mordecai y Sara, en cuya memoria familiar estaba grabada una terrible sucesión de persecuciones, vidas errantes y tragedias, eran aún capaces de imaginar algo peor que todo eso, y absolutamente insoportable: que entrara en la familia alguien que no perteneciera a su religión; alguien que supusiera una amenaza para las estrictas reglas que habían cohesionado su colectivo a lo largo de los siglos, ayudándole a sobrevivir a incontables penalidades.
Semanas atrás, la afición del Barça vagaba cual alma en pena tras perder la Liga, encajar un indecoroso 8-2 en Lisboa y enterarse de que Messi quería marcharse del club. Esta última noticia presentaba para muchos culés ribetes de desgracia máxima y les dejó consternados, inermes y abatidos, incapaces de superar su estupor mental. (Gracias a los cielos, el astro acabaría reconsiderando su decisión.) Pero, en lugar de solidarizarme con la postración colectiva como hubiera hecho cualquier persona de bien, y lejos de condolerme, a mí me dio por pensar que la situación siempre podía empeorar. Por ejemplo, si Messi, además de anunciar su intención de abandonar el Barça, hubiera añadido después que estaba en tratos con el Real Madrid para vestir de blanco la próxima temporada.
Ese día, claro está, me había levantado con el pie izquierdo. Y lo que pensé a continuación vino a confirmarlo. Pensé que la pandemia, tal y como la hemos sufrido hasta la fecha, solo era un aperitivo de lo que estaba por venir. Que la devastación sanitaria y económica derivada de la Covid-19, la espera de una vacuna salvadora o las incomodidades del uso de la mascarilla nos parecerían problemas menores cuando asomara la Covid-20. Y luego la Covid-21. Y luego la Covid-22. Y así sucesivamente hasta darnos cuenta de que la actual pandemia no era una excepción, sino la primera de una larga serie de plagas simultáneas e ingobernables.
Ese día, ya puesto, me dio además por recordar la secuencia declinante de presidentes de la Generalitat –Mas, Puigdemont, Torra–, y se apoderó de mí una sensación de vértigo mareante, al imaginar cómo podría llegar a ser el sucesor de Torra. Porque, en efecto, todo puede empeorar, incluido Torra. Rebuscando un poco quizás podría hallarse alguien aún más divisivo y menos idóneo para el cargo.
En el maravilloso mundo del management anglosajón se definió tiempo atrás el concepto worst case scenario, que podríamos traducir como “en el peor de los casos”. Esa “peor hipótesis” no debe ser considerada como un accidente inevitable, sino como una posibilidad que el planificador de estrategias empresariales debe vislumbrar, considerar y evitar a toda costa, tras analizar detenidamente la coyuntura de turno.
No voy a decir que estemos ante un horizonte definitivamente sombrío. Pero hay motivos para pensar que hemos vivido, en los últimos decenios, periodos más esperanzadores, en los que las expectativas, sin ir más lejos en España, reunían al grueso de la sociedad en pos de objetivos comunes de progreso. Ahora el mundo, acaso porque obedece al movimiento pendular, exhibe diversos síntomas de futuro distópico. Por ejemplo, que en sus tres países más poblados –China, India y Estados Unidos, que suman alrededor de 3.160 millones de personas, más del 40% de la población mundial– manden respectivamente un presidente autoritario, un primer ministro xenófobo y un presidente ególatra y tramposo. Por no hablar de los líderes, también inquietantes, de otros países de entre 70 y 200 millones de habitantes, como son Brasil, Rusia, Turquía, Irán o el Reino Unido.
En esta circunstancia conviene, ante todo, mantener no ya la tranquilidad –eso sería temerario–, pero sí la sangre fría. Conviene que quienes sepan cómo hacerlo trabajen para superar la situación. Y conviene que quienes no sepan cómo hacerlo contribuyan al menos a no liarla más con nuevas estupideces. De no ser así, podríamos llegar a un punto en el que el “¡dame esas tijeras!” proferido por Mordecai y Sara empezara a resonar también por estos pagos, con un nuevo y envolvente eco de desesperación colectiva.

(Publicado en "La Vanguardia" el 27 de septiembre de 2020)