La ciudad no es para mí, con sus 3.000 funciones, fue un éxito teatral en la Barcelona de los sesenta. La película homónima –cuatro millones de espectadores– fue la más vista del decenio. El triunfo de esta pieza tuvo varios padres. El primero, su autor, Fernando Lázaro Carreter, oculto bajo seudónimo. El segundo, su protagonista Paco Martínez Soria, que clavó al paleto provinciano llegado a Madrid para  poner en aprietos a su hijo ya asentado en la capital. Y, el tercero, su oportunidad histórica: España era entonces un país provinciano que trataba de adaptarse, con más voluntad que saberes, a los vientos de cambio.
El país de hoy tiene poco que ver con aquel, aunque no todos se den cuenta. El turismo, los ciclos de bonanza económica, la mejor educación, el programa Erasmus, los vuelos de bajo coste y las redes sociales han ayudado. El prestigio internacional logrado con los Juegos Olímpicos convirtió precisamente a Barcelona en una ciudad situada en las antípodas del provincianismo, sin más límites globales que los de su ambición. Y, sin embargo, ha sido en nuestra ciudad donde recientemente ha reaparecido el concepto provincianismo, causado ni más ni menos que por la candidatura a la alcaldía de un ex primer ministro de Francia. A nueve meses de las municipales, tenores del independentismo ya han sentenciado que sus potenciales votantes –sintetizo– “atufan a provincianismo atroz”.
Hay varias cosas que no me complacen de Valls, desde sus tics de tipo sobrado hasta el momento que ha elegido para volver a su Barcelona natal (cuando ya tenía todo el pescado vendido en Francia), pasando por la deriva del partido que le secunda. Pero eso no quita que su carrera haya sido relevante, entre otros motivos porque en Francia, pese a su chovinismo, no basta como aquí con ser chovinista para llegar a primer ministro. Y, desde luego, eso no necesariamente convierte en catetos provincianos –toscos, ignorantes, sin trato social o conversación– a quienes opten por votarle.
¿Nos vamos a creer algún día, más allá de lo teórico, la idea de una Europa supranacional? ¿Aceptaremos que además del vino francés, los coches alemanes y la pasta italiana, y además de los investigadores, las ejecutivas y los médicos, circulen también sin restricciones los políticos? ¿Vamos a anteponer el credo nacional de un gobernante a sus habilidades para el cargo y a los beneficios que de ella puedan obtenerse? ¿Es más provinciano el supuesto pagès enlluernat por las lentejuelas cosmopolitas de Valls o quien vota priorizando su concepto restrictivo de la identidad local y su concepto inflamado de los agravios madrileños? ¿Le hubieran hecho ascos en las capitales europeas a Pasqual Maragall tras su éxito del 92? ¿No haría mejor el soberanismo buscando –de momento, le cuesta encontrarlo– un candidato cuyo atractivo e idoneidad seduzcan incluso a los que pensaban votar a Valls?

(Publicado en "La Vanguardia" el 7 de octubre de 2018)