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Cuando la niebla se cuela bajo la nube

18.12.2015 | Crítica de arquitectura

Timmerhuis

Arquitectos: OMA

Ubicación: Rotterdam (Holanda). Meent, 119

 

Hace dos años, Rotterdam inauguró su mayor edificio, una torre que lleva precisamente el nombre de la ciudad, firmada por OMA, el despacho de Rem Koolhaas. Este volumen descompuesto en seis cuerpos, que se levanta junto al puente Erasmus, en el Wihelmina Pier, es una de las obras mayores de OMA, y no sólo por sus dimensiones. Es imponente y elegante a la vez, atenúa con sus sutiles intersticios (por los que se filtra el sol naciente) la sensación masiva o de barrera visual, y reúne servicios diversos (hotel, apartamentos, etcétera) en un conjunto de carácter monumental.

OMA acaba de inaugurar otra obra muy ambiciosa en Rotterdam, el Timmerhuis. Se sitúa en el centro de la ciudad, tras el ayuntamiento, en el lugar donde durante siglos hubo las carpinterías y los depósitos de materiales municipales, y donde después de la Segunda Guerra Mundial se redibujó la ciudad arrasada por las bombas. El lugar está pues cargado de historia y de significado. Es por ello que el Ayuntamiento decidió recuperarlo y habilitar en él un nuevo concepto de oficina municipal, donde los ciudadanos pudieran resolver sus trámites administrativos en un ámbito parecido a una gran plaza pública, espaciosa y diáfana.

Para dar respuesta a este programa inicial, OMA ideó un edificio de acero y cristal, una nube protectora, sostenida por una estructura singular, bajo la cual debían realizarse las gestiones entre funcionarios y ciudadanos. La obra se completaba, por encima, con oficinas municipales y viviendas para jóvenes. No se trataba, a pesar de su altura de hasta catorce pisos, de un edificio de característico desarrollo vertical, sino más bien horizontal, y con una sección aterrazada, modular, determinada tanto por el ritmo constante de la estructura como por la conveniencia de lograr un volumen relativamente contenido en el centro urbano. Luego el programa cambió sobre la marcha. En planta baja, en lugar de las oficinas de última generación, se situarán tiendas, restaurantes y un museo, protegidos por un cerramiento disonante; y, por encima, cinco niveles de oficinas municipales para 1.800 trabajadores; y, más arriba, ocho para 84 apartamentos de lujosas vistas.

El edificio se ha resentido de este cambio: una niebla propiciada por la mayor densidad de usos y el amontonamiento de intereses parece llamada a colarse bajo la nube, en lo que se concibió como un espacio transparente y luego se privó de su sentido original.

Timmerhuis se sustenta en una hermosa estructura blanca, muy visible en los dos grandes atrios verticales que lo perforan, y también en los espacios de oficinas, por los que se exhibe sin complejos. OMA ha querido así perpetuar la fase constructiva, en la que el edificio mostraba todo su potencial. Pero su volumetría final no es tan afortunada: parece querer imponerse sin muchos miramientos en el entorno urbano; y sus formas rectilíneas, los píxeles en los que se descompone, casan mal con el algodonoso perfil de una nueve. Por otra parte, sus entregas con el edificio preexistente –parte de cuyos muros de ladrillo se han conservado- suelen ser poco amables. Y, en su conjunto, la obra acusa en exceso la brecha entre su propósito inicial y sus cometidos finales.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 18 de diciembre de 2015)