Carles Puigdemont dijo hace quince días que no prevé volver a pisar suelo catalán antes de veinte o treinta años, cuando “Catalunya ya será independiente”. Lo cual equivale a decir que no lo será antes  que pase ese tiempo. Por más que a continuación añadiera, en fantasiosa e inconsistente argumentación, marca de la casa, que Catalunya es ahora “más independiente” que hace un año puesto que “de facto” el pueblo catalán ya es “una realidad”. 
Días después, Josep Borrell cifró en veinte el número de años que le llevará a la sociedad catalana superar la división interna registrada a partir del 1-O  y, en general, derivada del proceso independentista. Todo ello, precisó, si “tenemos éxito” en la tarea de sanar la convivencia. Si no, ni les cuento: la reconciliación podría consumir decenios y decenios. El cielo no lo quiera.
Inevitablemente, tanta tardanza trae a la memoria las palabras que Don Juan reitera en El burlador de Sevilla, la obra de Tirso de Molina: ¡Cuán largo me lo fiáis! A veces, se sirve de ellas para señalar la injusticia que supone la demora en el pago de lo prometido. A veces, para ironizar sobre los plazos que requiere la inexorable expiación de los propios pecados.
Tanto las afirmaciones del ex presidente de la Generalitat como las del ministro de Asuntos Exteriores disfrutaron de su momento de gloria mediática. Luego enfilaron la senda del cementerio de las declaraciones políticas, empujadas por otras en el caudaloso torrente de la información. Pero quizás deberíamos reflexionar un poco más acerca de ellas antes de olvidarlas por completo, ya que señalan un posible punto de inflexión en el procés y, en consecuencia, invitan a las partes enfrentadas a un cambio de estrategia. Hasta ahora la dirigencia soberanista aseguraba a los suyos que la independencia era urgente e inminente, que estaba al caer, casi en el bote. Ahora su gran timonel nos da a entender que va para largo. Y lo que afirma Borrell, una de sus némesis predilectas y por tanto nada sospechoso de compartir consignas, parece en sintonía. Cuando dos rivales opinan lo mismo es probable que estén en lo cierto. En suma, de la inminencia pasamos a la dilación y el largo plazo.
Llevamos ya siete años de procés y hemos logrado sobrevivir a sus efectos, aunque no ilesos. Ahora bien, la perspectiva de pasar los próximos veinte o treinta años sometidos al mismo régimen de agitación independentista, con la actividad del Govern y el Parlament sometida a sus designios, incurre ya en la contumacia y anuncia consecuencias más graves, quien sabe si irreversibles. Quizás ni siquiera la aguantarían todos los militantes indepes: la ilusión no satisfecha acaba agostándose. Y, desde luego, se le haría penosa a los que no lo son y saben que la vida ofrece múltiples posibilidades, además de colgar lazos ­amarillos o cambiar un pasaporte por otro.  
Se imponen, como apuntábamos, cambios de estrategia. En el bando estatal ya  ha habido alguno tras llegar el PSOE al poder. Las conversaciones bilaterales discurren con una fluidez impensable en tiempos de Mas o Puigdemont, que de hecho consideraban normal, e incluso digno, pasar meses y años sin hablar con Madrid. Los ministros visitan Barcelona con frecuencia inusual. Las inversiones infraestructurales remontan. El martes el Gobierno acordó pagarle a la Generalitat 1.459 de los 7.600 millones de euros que le reclamaba. Sólo falta ya que las autoridades estatales integren estas y otras propuestas en una oferta global más lustrosa, consensuada con los poderes fácticos económicos, y acaso ya en marcha. Una oferta que el catalán medianamente razonable y pragmático no pueda rechazar. Y que la caverna ultraderechista aprovechará para acusar a los socialistas de blandos y vende­patrias.
Si se concretara tal propuesta, que no sería gratis y reclamaría renuncias o aplazamientos en el bando secesionista, es probable que Puigdemont la rechazara. Porque renunciar al maximalismo y a la confrontación  podría equivaler para él al suicidio político. Pero no debe olvidarse que los políticos, al igual que cualquier otro ser humano, son sustituibles. Lo fueron gigantes como Jefferson, Churchill o Mandela. De manera que Puigdemont... Y más sabiendo que abundan en el soberanismo los líderes con otras prioridades; líderes que, dicho sea de paso, no le aprecian ni mucho ni poco.
Corresponderán a estos últimos diversas tareas, algunas nada sencillas. En primer lugar, explicar a los activistas a los que han azuzado durante años que sin mayorías cualificadas la travesía puede ir para largo y que el puerto de arribada quizás no sea el anunciado. 
Algunos se lo tomarán mal. Pero quizás sea mejor que lo asuman cuanto antes. Mejor para ellos y mejor para el resto.

(Publicado en "La Vanguardia" el 30 de septiembre de 2018)