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I

Restaurante Mo de Movimiento

Diseñador: Lucas Muñoz

Ubicación: Madrid. Calle Espronceda, 34

 

Codos de tubería, interruptores, fragmentos de viga, loseta o cable, también simples cascotes, integran los dos plafones colgados frente a los lavabos del restaurante Mo de Movimiento. Estos residuos, generalmente sin otro destino que el contenedor, quedan aquí expuestos con dignidad arqueológica, como se exhibían espadas, sables o floretes en las panoplias de armas. Acaso porque han sido las armas usadas por el diseñador Lucas Muñoz para dar vida a este nuevo restaurante de mil metros cuadrados abierto en el antiguo Teatro Espronceda de Madrid, cuyos materiales fueron profusamente reutilizados.

Son muchos los creadores que persiguen en sus obras el certificado de sostenibilidad y luego se ufanan de él. Pero son pocos los que, como Muñoz, se lo trabajan con creatividad y gracia. Muñoz no solo cree en la necesidad de actuar así, sino que además sabe crear con este propósito.

Casi todo es sorprendente, bienhumorado y responsable en esta obra. Empezando por el tirador de la puerta de acceso al local: un manojo de cables procedentes del derribo del teatro –o de los estudios de grabación que ocuparon después la finca–, limpiados, cortados uno a uno hasta cumplir su nueva función colectiva.

Nada más entrar, a mano derecha, destacan dos hornos semiesféricos cerámicos para pizzas, en cuyo interior hay un sistema de tuberías, que aprovechando el calor calientan un circuito de agua que luego se ramifica por el local, llenando serpentinas que funcionan a modo de radiadores. El sistema de refrigeración no es menos ingenioso: una decena de grandes vasijas de terracota colgantes del techo, equipadas con agua y un ventilador en su boca superior, que mediante una potenciación del efecto botijo consiguen bajar la temperatura veraniega hasta –dicen– quince grados. También cuelgan del techo unas estructuras piramidales de madera, a las que se han atado con sogas fluorescentes reutilizados, en funciones de lámpara.

Las sillas y mesas han sido fabricadas con restos de las tablas del escenario teatral. Los bancos del comedor exterior, con cerca de dos toneladas de cascotes, triturados, moldeados y convertidos en losas de terrazo casero. Hay también lámparas hechas con tuberías de cobre o de PVC. Hay aparatos refrigeradores exteriores, un cerramiento levadizo de vidrio que varía la geometría del local. Y hay un rústico lavamanos de ladrillo en los aseos, con hechuras de abrevadero, grifos a pedales, la inclinación adecuada y un sumidero esencial e ingenioso.

La sucesión de elementos diseñados por Muñoz y su amplio equipo, que persiguen la sostenibilidad, recurren al reciclaje y combinan tradición e inventiva, justificaría ya la visita a esta obra donde el trabajo de diseño alcanza intensidad y dimensión arquitectónicas. Pero es que, además, la comida del Mo está rica.

(Publicada en "La Vanguardia" el 2 de noviembre de 2020)