Se ducha usted cada día? Mal. ¿Es de los que ponen la calefacción a tope? Mal. ¿Le gusta desayunar zumo de papaya (o de otras frutas foráneas)? Mal. ¿Le han cerrado el gimnasio y se ha inscrito en otro al que irá en coche porque queda lejos de su casa? Mal. ¿Le apetece un filete de ternera? Mal. ¿Está pensando en pillar unos billetes de avión baratos para irse de fin de semana a Copenhague? ¡Mal, mal, mal!
Por estas fechas solían publicarse listas de buenos propósitos para el año nuevo. Ahora van imponiéndose otras listas: las de cosas que dejaremos de hacer. Y no por holgazanería, sino porque muchas que nos dieron gusto en el pasado van a estar fiscalizadas en el futuro. A veces, porque son ecológicamente dañinas, insostenibles a medio plazo y letales a largo. Otras, porque la línea entre las urgencias planetarias y la corrección política es fina.
He leído recientemente que más del 70% de los españoles se ducha a diario, y que eso tiene que acabar. Con dos o tres duchas semanales será suficiente. Así gastaremos menos agua, que es un bien escaso; ahorraremos jabón, que genera residuos persistentes, y defenderemos nuestro sistema inmunitario de una limpieza excesiva. Oleremos un poco a rayos, eso sí.
Respecto a lo de los filetes: ¿recuerdan las escenas de El irlandés en las que sus protagonistas se zampan filetes con ferocidad mafiosa y un rictus de orgullo en sus rostros, como si además de proteínas les dieran status? También eso se irá acabando. Para producir un kilo de carne de ternera se consumen –dicen– 15.400 litros de agua. ¿Había abandonado ya usted la carne roja para pasarse a la blanca? Pues ojito con el pollo: por cada kilo se gastan 4.300 litros de agua. El sistema de producción de alimentos consume el 30% de la energía en el planeta. Y ya se sabe que la gestión y el consumo de la energía es, junto, a la deforestación, la principal causa de emisión de gases malos como el dióxido de carbono, el óxido de nitrógeno, etcétera.
¿Ha abrazado ya usted la causa vegetariana? Bien, progresa adecuadamente. Pero no cante victoria: los productos que consuma deberán ser de proximidad. Nada de papaya ni mango ni aguacate ni lichis ni otras delicias de ultramar.
Si los vegetales y las frutas exóticas malgastan recursos energéticos y dinero cuando nos son traídos desde las antípodas, ¿qué decir de los recursos que consumimos o contaminamos los humanos cuando viajamos por puro placer? Las fotos de la activista Greta Thunberg cruzando el Atlántico en catamarán para evitar el avión y sus emisión de gases nocivos han dado la vuelta al mundo. En Suecia, además de Greta, nació el movimiento Fly­g­skam, que sostiene que la progresión del número de vuelos es una vergüenza, además de una amenaza medioambiental (pese a que su cuota de emisiones no alcanza ahora el 3% del total). No son pocos los que se toman esta amenaza en serio. El británico Roger Tyers viajó el pasado mayo de Southampton a Ningbó (China) en tren para no ir en avión. Tomó pasajes en 24 trenes, que le costaron un total de 2.500 dólares –el triple que el avión, aunque con un 90% menos de emisiones– y empleó un mes –en lugar de un día– para recorrer los 21.000 kilómetros del viaje.
¿Le gusta Coldplay? Pues olvídese de escucharlos en directo: han decidido suspender las giras mundiales mientras no se disipe un poco la nube de emisiones de los aviones. Todos deberíamos contribuir a reducir las emisiones, incluso yo, acabando cuanto antes este artículo, porque el ordenador también emite CO2.
Estamos asistiendo a un cambio en el paradigma de consumo que ha regido nuestras vidas. A los que nacimos en la posguerra española nos inculcaron una idea muy favorable del filete de ternera. Se consideraba una bendición. Ahora el prestigio social del filete va a la baja. Lo miran de reojo ecologistas, animalistas, anoréxicos,  vegetarianos, médicos...
Los desafíos medioambientales están ahí. No cabe negarlos. Quien paseó por Barcelona en manga corta el día de Navidad sabe o intuye que los tiempos están cambiando. Algunos de esos desafíos son acuciantes. No se puede mirar a otro lado. Pero, por favor, no nos vengamos arriba. Empecemos concienciando a todos de que se deben frenar los excesos. In­troduzcamos los cambios gradualmente. Evitemos el apostolado doctrinario. No tengamos más prisa por expurgar nuestra dieta y nuestros breves placeres que por exigir a las auto­ridades que penalicen a los grandes contaminadores, ya sean industrias de China, EE.UU. o la UE. No hagamos de la vida un rosario de renuncias. El que quiera comer sólo lechuga, que lo haga, pero sin imponer su menú al prójimo. Y sin confiarse: cualquier día se descubrirá que las lechugas sufren horrores al ser arrancadas, se prohibirá su consumo y se las dejará morir de viejas. Esto acaba de empezar.

(Publicado en "La Vanguardia" el 5 de enero de 2020)