Pasan los años y parece que pasan en balde. El país sigue pertinazmente dividido, con empate técnico entre quienes atribuyen a la independencia de Catalunya las virtudes de la panacea y quienes sólo ven en ella un placebo. Hay cierto consenso en que para desempatar y arrancar de nuevo se debería ampliar la base de uno u otro bando. Pero en ninguno de los dos se ha hallado el método efectivo para lograrlo. Sin embargo, es evidente: pescando en el caladero de votos del rival mientras se evitan fugas en el propio.
En la pesca la elección del señuelo adecuado es crucial. A veces es un instrumento inerte –una cucharilla, una mosca– que hipnotiza y atrae irresistiblemente al futuro pescado mediante una promesa vaga. A veces es un gusano vivo, un cebo –del latín cibus, comida–, que propone satisfacción inmediata. En política hay señuelos verbales, incluidos en los discursos o declaraciones, cuya concreción está por ver. Y hay señuelos explícitos y tangibles, como los generados por la acción de gobierno. El ciudadano analiza los señuelos verbales y duda si tragárselos  o no, acaso porque ya intuye que llevan poca chicha o, peor aún, sólo llevan un anzuelo letal. Pero ante un cebo apetitoso y nutritivo, como sería una acción de gobierno útil para todos, el ciudadano muerde. Con ganas.
¿Qué tipo de cebos nos proponen nuestros amados líderes? Veamos. En el capítulo verbal, los dirigentes indepes basan sus promesas de excelencia republicana en la desacreditación del contrario. Como si su maldad les hiciera a ellos automáticamente buenos. El Estado español, nos dice Quim Torra (mientras sus consellers negocian en Madrid), está dirigido por verdugos de una democracia putrefacta. Pero lo cierto es que los actuales responsables del Gobierno han sustituido el quietismo desdeñoso de Rajoy por una política de tono conciliador, con invitaciones al diálogo y algún peix al cove. Esta política que sigue vigente incluso después de que Torra respondiera el miércoles a las calificaciones de la Fiscalía del Estado para los políticos presos formalizando su negativa a apoyar el presupuesto del 2019.
La línea argumental de los discursos de Torra o de Puigdemont se basa, pues, en la airada denigración del contrario. No asoma en ellos el sueño igualitario de su admirado Martin Luther King, ni la vocación reconciliadora de su alabado Nelson Mandela. Ni, por supuesto, las llamadas a la paz, el perdón y la piedad de Manuel Azaña en fechas mucho más cainitas. Abundan, en cambio, la aspereza y el insulto. Los discursos de la pareja de presidentes catalanes no serán un modelo que seguir para generaciones futuras. Sirven quizás para cohesionar a la tropa. Pero no para pescar nuevos adeptos. Tampoco lo serán los de Pedro Sánchez, pese a ser más templados. Y menos aún los de Casado o Rivera, que buscan con temeridad la confrontación, cuando lo urgente son los  acuerdos que sanen la herida, no ahondarla.
Revisemos ahora los cebos basados en la acción de gobierno con los que la Generalitat y el Estado podrían atraer a nuevos seguidores. En el bando soberanista, se ofrecen cebos simbólicos, folclóricos, como si se quisiera edificar con gesticulaciones la independencia que no se logró en la realidad. Aún a riesgo de descuidar el día a día administrativo, que presenta ya disfunciones serias. Ejemplo: los recortes, los bajos salarios y la escasez de personal que degradan la sanidad pública y empujan a los médicos de ambulatorio hacia la huelga. Desde el bando estatal se ofrecen a Catalunya inversiones infraestructurales, se trata de rescatar leyes del Parlament tumbadas por el Constitucional en vida del PP, y se estimulan las vías de diálogo para avanzar… aunque no más allá de la ley.
¿Cuál de los dos bandos pescará más en el caladero rival? Pues quizás el que observe los consejos habituales entre pescadores: aplicar técnicas diversas, ser constante y paciente, y no dañar el entorno. Tiendo a pensar que, si no estamos ya todos irremediablemente abducidos por el populismo, deberían empezar a pescar más quienes tengan inteligencia para apostar por las propuestas dialogantes y componedoras. Un poco más, al menos, que los que se abisman en la queja y hacen peticiones de improbable cumplimiento, como que las sentencias del Tribunal Supremo las redacte a partir de ahora Sánchez en persona.
Con todo lo dicho no afirmo que quien pescará más votos en el caladero rival será Sánchez. Digo, tan sólo, que preferiría que fueran ensanchando su base los que sean más sensatos. Es oportuno recordar aquí que la sensatez no es una exclusiva de nadie. Todos pueden practicarla de palabra u obra. También los que ahora, reos de sus imprudencias e instalados en el exabrupto, la dejan de lado.

(Publicado en "La Vanguardia" el 11 de noviembre de 2018)