Hoy hay que ir a votar. A pesar de que demasiados políticos se comportan como párvulos. A pesar de que prefieren aburrirnos señalando los defectos del rival a seducirnos con sus ideas. A pesar de que no quisieron o no supieron formar gobierno tras las elecciones de abril y han forzado las cuartas generales en cuatro años. A pesar de que han contribuido irresponsablemente, por activa o por pasiva, a la inestabilidad de España y de Catalunya. A pesar de que con frecuencia anteponen los intereses partidistas a los ciudadanos. A pesar de que no pocos ya mienten o de­forman la realidad con desparpajo tipo Trump... A pesar de todo eso, hoy hay que ir a votar. Por los siguientes motivos.
Por convicción democrática. La democracia es por definición un sistema de gobierno en el que los ciudadanos eligen a los gobernantes con su voto. Cada sufragio omitido desfigura la democracia. Si un ciudadano la valora como el mejor sistema disponible de gobierno, aun con todas sus imperfecciones, debe apoyarla activamente. Por convicción. Y por coherencia. Ya sea implicándose en los asuntos públicos y participando en la gestión institucional o, al menos, acudiendo a votar cuando es hora de hacerlo. Quienes no van a votar creen que así expresan su enfado ante las deficiencias de la gestión política. Pero más allá de apuntar ese descontento, la utilidad real de su abstención no está aún descrita. Quizás porque lo único que logran los abstencionistas, lejos de regenerar la democracia, es erosionarla y empobrecerla más. Si uno cree en la democracia, debe votar. A su candidato preferido o al que le dé menos grima. Con pinza en la nariz o sin ella. Eso, como poco. Y si de veras quiere contribuir más a regenerarla, puede luego arrimar el hombro y meterse en política.
Para contarnos y saber exactamente quiénes somos. Nadie ignora que este es un país plural. Pero nuestra idea de esa pluralidad es aproximada, imprecisa. La abstención desdibuja sus contornos. Una participación máxima propiciaría un gobierno con una sensibilidad política y ­social más próxima a la del conjunto de los españoles. Estamos lejos de eso. La abstención media desde la recuperación de la democracia ronda el 30%. Es decir, el país se gobierna sin el respaldo o el ­beneplácito de tres de cada diez españoles. No debería ser así. Y eso es en buena medida achacable al elevado índice de abstencionismo.
Para frenar la degradación democrática. Poner coto a la degradación del sistema democrático pasa también por los colegios electorales, por el voto a las formaciones que creamos más comprometidas con la participación, las libertades y el civismo. El fantasma del populismo recorre de nuevo el mundo. Impulsa la insolidaridad, oxida los mecanismos democráticos y daña valores irrenunciables. En los últimos años, meses y días, hemos asistido aquí a la progresiva degradación de las instituciones, del liderazgo, de la ejemplaridad, de la autoridad, de la sensatez, de la responsabilidad colectiva y, por tanto, del respeto mutuo y la convivencia. En Catalunya y en España. La regeneración democrática pasa, primero, por el reconocimiento de esas degeneraciones y, luego, por el apoyo en las urnas a las fuerzas más dispuestas a combatirlas y, a poder ser, corregirlas.
Para fiscalizar al poder. No está legitimado para criticar al poder quien nada hace, ni siquiera votar, para mejorarlo. Es verdad que los usos del poder están viciados por las carencias de los políticos, por la corrupción, por la laxitud en los mecanismos de control. Pero mal podrán censurarlos u optimizarlos quienes renuncian a su voto. El voto es su oportunidad. Y también su deber.
Para frenar a la ultraderecha. Las encuestas anuncian un serio avance de Vox, el partido reaccionario, xenófobo, centralista y alérgico a los avances y las libertades sociales. Durante el debate del lunes, su líder sugirió, con demagógico descaro, que había que elegir entre las autonomías y el pago de las pensiones. O que los inmigrantes son equiparables a los delincuentes. Un sector social del país, no precisamente el más ilustrado, está ya tan desmemoriado, desorientado o quemado como para apoyar a Vox sin reparar en la involución que anuncia. Su avance (forjado también al calor de las noches incendiadas barcelonesas) puede ser importante. Más si hay una alta abstención, que podría favorecer una mayor presencia de Vox en el Congreso. He aquí otra poderosa razón para pasar hoy por el colegio electoral y para votar a quienes han mostrado mejor disposición para resolver civilizadamente los problemas comunes. Hoy es el día para que los ciudadanos hablemos, con el propósito y la esperanza de contribuir a perfilar un futuro mejor.

(Publicado en "La Vanguardia" el 19 de noviembre de 2019)