Un efecto colateral de las videoconferencias, tan frecuentes en estos tiempos de teletrabajo, ha sido la exhibición de parte del propio domicilio. Al menos, de la parte que queda a la espalda de cada videoconferenciante. A algunos les gusta compartir, y aprovechan la ocasión para colocar la cámara del ordenador estratégicamente y, así, lucir salones, mobiliario y terrazas. Otros son partidarios de la discreción y ciegan su cámara: con que me oigan, dicen, ya es suficiente. Otros, menos radicales, pero igualmente celosos de su intimidad,  eligen como fondo una pared blanca y desnuda.
Hay otras opciones más naturales, como por ejemplo conectarse en la habitación que uno usa habitualmente para trabajar en casa, que suele ser la que no da problemas con internet. Si se trata de un pequeño despacho, tendrá una mesa, una silla, un ordenador y, probablemente, algunos libros. Aunque el tamaño de la biblioteca es variable. Pueden ser varios libros de consulta sobre la mesa, o algunos más en un anaquel, o rimeros por los suelos, o incluso estanterías que cubren las paredes de lado a lado y de arriba abajo.
Los bibliófilos que guardan en casa gran cantidad de libros y que, inevitablemente, a la hora de la videoconferencia aparecen con muchos de ellos a su espalda, han recibido estos días críticas. “Se las dan de intelectuales”, les reprochan sus censores, en un tono reprobatorio similar al usado para decir “se las dan de buenas personas (y son muy malos)”.
Ya sabemos que el intelecto nos da muchos problemas. Pero de ahí a presentar la vida intelectual como algo criticable… ¿Nos haría acaso mejores presentarnos con una panoplia de caza –rebecos de ojos tristes, jabalíes de colmillo retorcido– detrás? ¿Con los trofeos ganados en campeonatos de petanca? ¿Con la colección de chapas de botellas de cava meticulosamente ordenada? ¿Con una repisa colmada de pongos tipo cerámica de Vallauris, candelabro de la abuela y reproducción en plástico de la torre Eiffel?
Los libros no son lo peor que uno puede tener en casa. Y, ya puestos, es mejor tener bastantes, al menos todos los que nos gustan, más que unos pocos, y no digamos que solo uno. Esta última afirmación hubiera desagradado a Mao Tse Tung, que decía que cuantos más libros lee uno más estúpido se vuelve. Claro que lo que pretendía el líder chino era que la gente se pasara la vida con un solo libro –su Libro rojo–, del que colocó 900 millones de ejemplares. Un tipo listo, Mao. Y un tirano. De hecho, las personas de un único libro son carne de adoctrinamiento y fanatismo.
Por tanto, cuantos más libros –buenos– tenga uno, mejor. Porque en los libros está la vida, vertida por espíritus escogidos. Por eso el poeta y ensayista Logan Pearsall Smith, que era un poco exagerado, decía “la gente opina que lo importante es la vida, pero yo prefiero leer”.

(Publicado en "La Vanguardia" el 1 de junio de 2020)