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Como una nube de velas

18.10.2014 | Crítica de arquitectura

Fundación Louis Vuitton

Arquitecto: Frank Gehry

Ubicación: París. 8, Av. du Mahatma Gandhi

 

 

A veces se juntan el hambre y las ganas de comer, dice el viejo refrán. Esto es lo que les ha ocurrido al magnate francés Bernard Arnault y al arquitecto de origen canadiense Frank Gehry. El primero, presidente del grupo LVMH, cuyas firmas del sector del lujo facturan cerca de 30.000 millones de euros anuales, quería una sede parisina para sus fondos de arte contemporáneo. No una sede cualquiera, sino un edificio a todo plan que fuera también una nueva pieza de su colección. El segundo, ya con 85 años, sigue poseyendo una imaginación capaz de soñar y proponer formas inéditas. El resultado de su encuentro se ha materializado en la Fundación Louis Vuitton, que a finales de este mes se inaugura en una esquina del Jardín de Aclimatación de París, y puede considerarse ya como la obra más vistosa de Gehry desde el Guggenheim Bilbao, abierto hace ahora diecisiete años.

Si en la capital vizcaína Gehry optó por una serie de cuerpos comunicados por un gran atrio y revestidos con un torbellino de placas de titanio, aquí hace algo parecido, pero empleando a modo de revestimiento tres mil pantallas de vidrio curvo y blancuzco. Todas ellas son distintas y están distribuidas en una docena de velas, con una superficie total superior a los 13.500 metros cuadrados, sostenidas por una estructura de metal y madera tan enrevesada como expresiva. Puestos a buscar una analogía, la idea de una nube de velas, de un gran velero con todo el trapo desplegado, emerge de modo natural. Y, más aún, si tenemos en cuenta que Gehry es un aficionado a la navegación, y que aquí ha erigido el edificio sobre una lámina de agua. Pero la referencia al invernadero, a la arquitectura de metal y vidrio decimonónica, debidamente pasada por la batidora gehryana, es también pertinente, máxime en en un entorno como el del Jardín de Aclimatación, donde se levanta el edificio, y donde en tiempos se adaptaron las plantas tropicales destinadas al Bois de Boulogne.

El arquitecto ha realizado pues en París un nuevo y espectacular ejercicio de arquitectura en fase explosiva. La docena de salas que lo integran son de volumen y geometría diversa, a veces reducidas, a veces con alturas y secciones sorprendentes, para casar con la heterodoxia de Gehry y, de paso, burlar las normativas restrictivas relativas a número de pisos. Algunas de dichas salas se comunican por terrazas o pasarelas y escaleras suspendidas en el espacio intersticial que queda entre las velas de cristal y el edificio propiamente dicho. Tanto por la experiencia espacial que proporciona como por la variable insolación, este ámbito es en si mismo un auténtico espectáculo, que abona su calidad de paradigma de renovación constante, en línea con el arte que colecciona Arnault o con el paisaje circundante y la evolución de las nubes en el cielo.

Si yo sintonizara con Podemos, diría quizás que estamos ante el paradigma de edificio suntuario al servicio de un capital que maquilla con arquitectura sus excesos económicos. Pero como no aspiro a adoctrinar ni a someter, sino a gozar de la experiencia espacial arquitectónica, además de a compartirla, diré que Gehry ha vuelto a firmar un edificio deslumbrante.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 18 de octubre de 2014)