El túnel del canal de la Mancha –que mide unos 50 kilómetros, 39 de ellos bajo el mar– fue inaugurado hace casi un cuarto de siglo. Ha funcionado desde entonces sin incidentes muy graves, pero con algún que otro incendio, controlado antes de llegar a catástrofe. De ahí que entre las sensaciones de sus viajeros primerizos no falte la angustia. Cualquier accidente, que en superficie tiene ya un feo potencial, podría convertirse dentro del túnel en dantesco.
El miércoles me subí al tren Eurostar en la Gare du Nord, rumbo a la de St. Pancras. La experiencia fue satisfactoria. El túnel submarino se recorre en media hora, y el viaje del centro de París al de Londres no dura ni tres. De puerta a puerta, es más rápido que en avión. Mejorar la conexión entre la isla y el continente fue un acierto.
En Londres, como en el resto de Europa, el tema de discusión es ahora el Brexit. Y, en particular, el choque con la realidad que ha su­puesto para los bri­tánicos, brexiters o remainers, el contenido del acuerdo de salida  tejido por el Gobierno de Theresa May y los negociadores de la Unión Europea. Tal contenido dista de lo que prometieron a los británicos los apóstoles del Brexit, antes del referéndum del 2016, en el que la ruptura con la UE logró el 51,9% de votos. Dista porque la UE negoció en nombre de más personas que el Reino Unido y, como era de prever, impuso no pocas condiciones. Porque la materialización del Brexit no supondrá para Londres, como se dijo, ahorros semanales de 350 millones de libras, sino un pago global de 40.000 millones de libras. También porque el control de las fronteras tendrá para el Reino Unido un coste elevado en su alejamiento del mercado único. Y porque a la larga el Brexit podría abonar la reunificación de Irlanda y la partición del Reino Unido.
Gran Bretaña está pues metida en un lío mayúsculo, que afronta de la peor manera posible: desunida. Hay partidarios y detractores del Brexit entre los conservadores y entre los laboristas. Los más furiosos brexiters, como el impulsivo Boris Johnson o el diputado ultra-Brexit Jacob Rees-Mogg –cada vez que lo veo pienso en la palabra lechuguino–, dicen que con este acuerdo Gran Bretaña será un Estado “esclavo” o “vasallo”. Y el líder de la oposición, Jeremy Corbyn, mantiene una injustificable ambigüedad. Entre tanto, nadie con carisma lidera a la mucha gente que ya ve los peligros del Brexit. Pese a que la sensación de incertidumbre y enfado crece y crece. Pese a que este Brexit ya no es buen negocio para nadie y su letra pequeña alarma a todos: es muy distinta de los brochazos con que lo pintaron propagandistas tipo Nigel Farage, exlíder del UKIP, ahora investigado por el Rusiagate. La coyuntura, sin embargo, tiene su lado instructivo: muchos ingleses se dan cuenta ya de que creer promesas populistas imposibles provoca errores tremendos.
En esta tesitura asoma, poco a poco, la opción de un segundo referéndum. Porque si el Parlamento acepta el pacto que propone May, Gran Bretaña estará peor que antes del Brexit. Si va a un Brexit sin acuerdo, el futuro inmediato será todavía peor. Y si May es tumbada por sus enemigos, el Reino Unido quedará igual de dividido que ahora y más debilitado ante la UE. ¿Qué se aconseja hacer si una aventura nos ha llevado a varios callejones sin salida? ¿Quizás regresar al punto de partida? 
Cuando se celebró el referéndum del 2016, sólo los liberal demócratas (8% de los votos) apostaron claramente contra el Brexit. Sondeos recientes señalan que el voto favorable a seguir en la Unión Europea podría obtener ahora el 59%. Sólo dos de cada siete jóvenes, que son los que cargarán con sus consecuencias, están por el Brexit. Y los argumentos para no celebrar un segundo referéndum –más allá de los de Theresa May, que recibió el encargo de implementar la ruptura y está siendo obstinadamente cumplidora– son pues cada día menos. Existen, sí, porque a priori no es respetuoso con la democracia revocar las grandes decisiones populares.  Pero hoy las condiciones son diferentes a las del 2016. Y un análisis frío nos dice que otro referéndum, con resultado opuesto al anterior, eliminaría de un plumazo el problema del Brexit, al menos durante una temporada.
Hace falta coraje para levantar la bandera del segundo referéndum. Pero no hacerlo ya parece irresponsable. Porque lo único que garantiza ahora este Brexit es una mala solución para británicos y europeos. Porque el final del túnel, como en el canal de la Mancha, puede estar más cerca de lo que parecía. Y, sobre todo, porque lo que vi en Londres al  tomar el metro en King’s Cross fue en esencia lo mismo que había visto en el metro de París: una mezcla de personas de diversos orígenes, etnias, ideas y recursos que conviven ya en una misma sociedad global.

(Publicado en "La Vanguardia" el 25 de noviembre de 2018)