Coderch visto desde el siglo XXI

20.11.2013 | Reportaje de arquitectura

José Antonio Coderch de Sentmenat, estrella silenciosa de la segunda generación del Movimiento Moderno, nació hace cien años –se cumplen el próximo martes– y murió hace cerca de treinta, el 6 de noviembre de 1984. En vida, su arquitectura le granjeó la admiración de los colegas de profesión, pese a su carácter áspero y a que ideológicamente se hallaba alejado del progresismo entonces hegemónico en medios intelectuales. Tras su muerte, y con las excepciones de rigor, su legado ha generado poco debate. ¿Significa eso que la estela de Coderch ha desaparecido? En absoluto. Los jóvenes profesionales consultados por “Cultura/s” la reivindican y aplauden. Y los arquitectos veteranos siguen apreciándola. Unos y otros esbozan aquí un retrato coral del arquitecto, tal y como le ven entrado el siglo XXI.

“El reflejo de Coderch en la arquitectura de hoy –dice Eugeni Bach (nacido en 1974)– tiene más que ver con su esencia que con su imagen. Quizás sea difícil hallar un rastro formal en trabajos actuales; pero en lo tocante a respeto a la tradición, uso de materiales poco transformados y creación de espacios intermedios, la arquitectura de Coderch está presente en la de hoy”. Josep Ferrando (1972) señala: “la arquitectura de Coderch se caracteriza por la presencia de un racionalismo fuertemente influido por la tradición constructiva, y eso tiene gran vigencia hoy”. “Coderch pervive entre todos aquellos arquitectos que no se ven como genios, y por tanto no se preocupan tanto por figurar entre los artistas plásticos sino entre los artistas prácticos”, explica Arturo Frediani (1964), aludiendo al texto de Coderch “No son genios lo que necesitamos ahora”. Un texto que Emiliano López (1971) considera su mejor obra y que contiene proclamas muy citadas, como esta: “al dinero, al éxito, al exceso de propiedad o de ganancias, a la ligereza, la prisa, la falta de vida espiritual o de conciencia hay que enfrentar la dedicación, el oficio, la buena voluntad, el tiempo, el pan de cada día y, sobre todo, el amor, que es aceptación y entrega, no posesión y dominio”.

“De Coderch se aprendía arquitectura y actitud –considera Miguel Roldán (1961). Era mesurado y ambicioso, aceptaba la gramática y escribía dentro de ella excelente literatura. Fue un Barragán que filtró la arquitectura moderna con el cedazo de lo vernacular, el buen gusto y una cierta mística”. En la misma línea, Toni Gironès (1965) indica que “quizás Coderch no haya tenido siempre eco en la arquitectura catalana del siglo XXI. Pero, en adelante, la optimización de las condiciones naturales del medio nos llevará a revisitar gran parte de su obra y de sus enseñanzas”. Sergi Serrat (1976) coincide al señalar que “las recientes arquitecturas gritonas, al servicio del espectáculo y el capital, están dejando paso a propuestas más modestas y al tiempo radicales e imaginativas, como las de Coderch”. Y Carme Pinós (1954) estima que “Coderch, además de aportar una mirada lúcida, sensible al entorno, una arquitectura nada pretenciosa, nos enseñó una mesura que se distingue ya en lo mejor de la arquitectura de ahora”.

 

El aprecio por la obra de Coderch tiene raíces varias. Enric Sòria, firmante de un libro de conversaciones con él, indica que su gran aportación fue “la habilidad para trascender la tradición constructiva de un país mediterráneo, explorando mejor sus valores: la economía de medios, la capacidad plástica de la organización de los usos y la acomodación precisa al lugar donde se proyecta”. Carles Fochs, editor del volumen de homenaje a Coderch de 1988, asegura que su contribución se basa en “una arquitectura de formas, espacios y volúmenes sencillos y emotivos, fáciles de ver y comprender”. “Coderch siempre valoró –agrega Helio Piñón, autor de un detallado análisis de su obra en “Arquitecturas Bi”– la calidad frente a la originalidad que busca sorprender. Su noción de la forma estuvo cerca del sentido común, sin reducirse a él… Las mejores obras de Coderch parecen tan naturales que se diría que no las ha hecho nadie: este es –o debería ser– el deseo de todo arquitecto”.

 

“Coderch, maestro indiscutible y fuente inagotable, representó en España la mejor interpretación y aportación del Movimiento Moderno de las vanguardias, en especial de arquitectos como Richard Neutra”, tercia Carlos Ferrater. Y Jordi Garcés indica que “en pleno franquismo, combinando modernidad compositiva y sabiduría constructiva popular, como hizo el Gatcpac, Coderch estableció en Barcelona la continuidad con la arquitectura moderna de antes de la guerra, no tanto por razones ideológicas, sino sobre todo por su personal sensibilidad, peculiar cultura y extraordinaria elegancia”.

 

Dos proyectos

EL FAVORITO

Ugalde, una feliz aventura creativa

“Esta es una casa que me han dejando proyectar libremente, pero basándome en las instrucciones de sus propietarios”. Así definía Coderch la Casa Ugalde (Caldes d’Estrac, 1951). Para los profanos, la cita quizás suene contradictoria. Pero para los conocedores de Coderch –de su individualismo, su ética, su aversión a las modas y, también, su espíritu de servicio– no habrá contradicción, sino una prueba de talento para resolver con sencillez problemas complejos.

La Ugalde es pues una feliz aventura creativa, emprendida con libertad compositiva a partir del deseo del cliente de gozar de una parcela con vistas estupendas, sin dañarla. Es también la obra más publicada de Coderch, una de las treinta mejores unifamiliares del siglo XX según la revista “AU”, y el proyecto más apreciado entre los consultados por “Cultura/s”.

“La Ugalde –opina Frediani– es quizás la Villa Mairea de la arquitectura mediterránea: el proyecto más vital de un arquitecto obsesionado con su disciplina”. “Al igual que la Casa Senillosa –dice Gironès–, la Ugalde optimiza los cuatro elementos naturales, aplicando la condición material y la disposición del espacio desde el afecto al usuario”. “Es exquisita”, condensa Garcès. “Es contundente”, añade Pinós. “Es intemporal, libre de momentos y estilos. Está hecha pensando en la vida que albergará, y es un proyecto más atento al contenido que al continente”, afirma Bach. “Es la expresión más festiva de la sabiduría de Coderch”, sentencia Sòria.

Tras la Ugalde, las viviendas construidas por Coderch en la Barceloneta disfrutan también de gran aprecio entre los encuestados. Y dan oportunidad para situar a Coderch en la historia. “Es un edificio brillante, un Gaudí después de Gaudí y un Utzon antes de Utzon”, sostiene Roldán. Bien es cierto, como recuerda José Antonio Coderch Giménez, que “mi padre abominaba del ‘culturalismo arquitectónico’, inexistente en su despacho, al que sólo llegaba la revista “Domus”. Mi padre la hojeaba y la enviaba enseguida a encuadernar. Era su manera de no ‘contaminarse’, que a veces le permitía proyectar como si nadie lo hubiera hecho antes”. Pero también es cierto que la arquitectura de Coderch influyó en otros. “La planta no ortogonal de la Barceloneta, con espacios muy fluidos, seguramente ha marcado a autores posteriores, empezando por Enric Miralles”, indica Jordi Badia (1961). Serrat subraya también “la calidad ergonómica de dicha planta, que obtiene máximo resultado en superficie mínima”.

Y, tras la Ugalde y la Barceloneta, las viviendas de la calle Bach, de las que Ferrater destaca su “brillantez y sofisticada urbanidad”; Sòria, su emocionante aportación urbana”; y Fochs, “su organización interna”.

“Coderch –concluye Rafael Moneo– fue un gran arquitecto. Obras como la Ugalde, las viviendas de Barceloneta, las de Bach o el proyecto Torre Valentina son de altísima categoría. Con eso un arquitecto ya puede considerar que su vida ha sido plena”.

 

UN INÉDITO

Residencia real en el Palau Robert

Coderch de Sentmenat elaboró entre 1982 y 1983 un proyecto para transformar el Palau Robert de Barcelona (paseo de Gràcia con Diagonal) en residencia para invitados de alto rango de la Generalitat. Se trata de uno de sus trabajos menos conocidos, porque no llegó a ejecutarse y porque durante largos años pesó sobre él una cláusula de confidencialidad. “Fue un encargo del presidente Jordi Pujol, que nos llegó a través de Ramon Trias Fargas, con quien nuestra familia mantuvo buena relación –recuerda Coderch Giménez, también arquitecto, que trabajó junto a su padre durante unos veinte años–. Se nos pidió transformar el Palau Robert en una vivienda que pudiera ser utilizada por el Rey o por altos mandatarios extranjeros de visita en Barcelona”.

Los rasgos principales de la propuesta de Coderch no afectaban al volumen de este edificio neoclásico, construido a principios de siglo XX según proyecto del francés Henry Grandpierre para el financiero Robert Robert i Surís. Por una parte, Coderch eliminaba la escalinata principal, ubicada en el centro de la construcción, para lograr un gran salón en la planta noble, y la sustituía por una de menores dimensiones y más retirada. Por otra, elevaba la claraboya situada sobre dicho espacio. “Mi padre hizo su proyecto sin preocuparse de si el edificio estaba protegido –añade Coderch Giménez–. Se limitó a analizar el diseño original, detectando esos dos fallos que se apresuró a corregir”. El proyecto incorporaba nuevas instalaciones y una remodelación del jardín, al que se añadía un pequeño lago. El Palau Robert, que fue propiedad de la Generalitat republicana y, tras la Guerra Civil, perteneció al financiero Muñoz Ramonet, había vuelto a ser de titularidad pública en 1981.

Este proyecto de Coderch no se materializó. Los Mossos d’Esquadra lo desaconsejaron por razones de seguridad. De hecho, el afán de la Generalitat para edificar su residencia para altos dignatarios ha fracasado a menudo. Tras el proyecto de Coderch, Ricardo Bofill recibió el encargo, también fallido, de reformar un palacete de Pedralbes. Y hubo otros proyectos, también frustrados, para ampliar a tal fin la Casa dels Canonges.

El del Palau Robert es uno de los dieciséis proyectos de Coderch inventariados y conservados por su hijo José Antonio, quien participó en la elaboración de algunos, como su hermano Gustavo. En su día fueron segregados del archivo integrado por la obras principales de Coderch, que guarda la Escola Tècnica Superior d’Arquitectura del Vallès. Otro de tales proyectos es el del polígono Canaletas en Cerdanyola –llamado coloquialmente “la herencia”, puesto que Coderch pensaba legarlo a sus hijos para que lo aplicaran–. Este proyecto desarrollaba una idea novedosa para que las familias, al crecer, pudieran quedarse en su piso ocupando espacios modulares en viviendas vecinas.

 

(Publicado el el suplemento “Cultura/s” de “La Vanguardia” el 20 de noviembre de 2013)