Cine o gin-tonic

15.02.2015 | Opinión

“Leviatán” es una película de rara y desoladora belleza. También es una valiente denuncia de la Rusia corrupta de Putin, donde el poder no parece al servicio de los ciudadanos, sino de quienes lo detentan; donde pueden arruinarle la vida a alguien por defender su vivienda ubicada en un paraje demasiado hermoso y, por tanto, codiciado por los poderosos. Y es, además, uno de esos filmes que producen en el espectador cierta depresión: la sucesión de miserias que le son contadas, entre tragos interminables de vodka y exhibiciones de cinismo, propicia un estado melancólico.

Pues bien, quienes salieron del cine con esta sensación, deben saber que “Leviatán”, al lado de “Timbuktu”, es una fiesta. Esta segunda película nos cuenta un episodio localizado en el Mali bajo control de los yihadistas: siniestros policías de una supuesta moral islámica que no toleran que los lugareños fumen, despachen pescado sin guantes, interpreten música o, sencillamente, se comporten con alguna libertad. Y que están dispuestos a aplicarles todo tipo de castigos –desde azotes hasta lapidaciones– cuando desatienden su ley oscurantista.

En ambas películas, una ambientada en una región de gélidos inviernos, otra sobre arenas ardientes, el cine recupera su papel como vehículo transmisor de la cruda realidad. No hay en ellas efectos especiales ni realizaciones caprichosas ni inesperados “twists” de guión. Por el contrario, dichos filmes nos son servidos con realizaciones sobrias, rozando el pictorialismo, encadenando planos largos que reflejan los ritmos y la vida de las regiones descritas. Acostumbrados como estamos al cine espectáculo, de formato vistoso y afán evasivo, este tipo de películas pueden llegar a causar cierta aversión. ¿Quién quiere dedicar dos de sus mejores horas de asueto –las del gin-tonic, por ejemplo– a asomarse a unos abismos cuya existencia ya conoce? ¿Quién desea sumar a sus propias preocupaciones las de quienes viven acosados por la tiranía, en este mismo mundo, pero a miles de kilómetros de aquí?

Y, sin embargo, semejante cine es más que recomendable. Porque hace un uso emancipador de la herramienta cinematográfica, cuya gran industria, a base de primar la buena cuenta de resultados y, a tal fin, de cultivar extensivamente la inanidad, ya casi nos ha convencido de que el cine “engagé” es insoportable.

Los directores de los dos filmes que nos ocupan, Andrey Zvyagintsev y Abderrahmane Sissako, saben que al rodarlos se han puesto en el punto de mira de quienes abusan del poder. Puede ocurrir que a buena parte de la audiencia occidental sus gritos de auxilio les parezcan un incordio y les dé pereza escucharlos. Pero hay que tratar de vencer esa impresión. Por la recompensa estrictamente cinematográfica que nos dan tales películas. Y porque verlas constituye un mínimo acto de homenaje y apoyo a quienes tanto se arriesgaron al hacerlas.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 15 de febrero de 2015)