Van a cumplirse, el próximo jueves, veinticinco años de la muerte de Eugène Ionesco, autor de La cantante calva” (1950), obra fundacional del teatro del absurdo. En ella, dos parejas, un bombero y una criada pronuncian frases inconexas e incongruentes, y levantan así un monumento a la incomunicación. Ionesco decía que en esta pieza teatral las palabras van perdiendo sentido, convirtiéndose en cáscaras vacías, hasta completar “una tragedia del lenguaje”. En consonancia con la absurdidad que ilustraba, la obra generó risas en su estreno, como si fuera una comedia.
La Segunda Guerra Mundial dejó a Europa conmocionada. Sus tremendos efectos causaron perplejidad generalizada e incapacidad para explicar, comprender, y no digamos justificar, lo sucedido. Albert Camus afirmó entonces que el hombre tendía a sentir un deseo de felicidad y razón, habitualmente desatendido. “El absurdo –señaló– nace de la confrontación entre esa llamada humana y el silencio irracional del mundo”. Recordaremos aquí, de paso, que la voz absurdo procede de la latina sürdus, que significa sordera. El absurdo surgiría pues de la sordera e indiferencia de la sociedad ante el deseo de felicidad y razón. Sería una imposición de lo que es contrario a la lógica y a la razón y, por tanto,  descabellado, manicomial.
El mundo al que se refería Camus no es un ente externo, ajeno y necesariamente hostil, sino un colectivo integrado por todos sus habitantes. Es paradójico que su inmensa mayoría coincidan en el deseo particular de felicidad, de una existencia razonable, y sin embargo sigan comportándose de modo inadecuado para alcanzar tales objetivos. Esto podría atribuirse a que la codicia, el egoísmo y la torpeza siguen imperando en nuestro planeta. Pero también a los malos tratos que se inflige al lenguaje, pese a ser una herramienta única para el entendimiento: la primera llave del progreso.
A lo largo de los años, han contribuido a tal erosión del lenguaje fuerzas muy dispares. Desde las huestes estructuralistas que, enarbolando banderas contestatarias, redujeron el lenguaje a una construcción del poder, a un campo minado que sólo podía transitarse con prevención y desconfianza, hasta los apóstoles de la corrección política, pasando por los líderes de una derecha cada día más asilvestrada y de un populismo retrógrado que sueltan mentiras y absurdos sin tasa. Todos ellos, desde posiciones a veces dispares, han coincidido en su afán de manipular el lenguaje y hablar para aparentar lo que no son o para dorarnos la píldora y, ante todo, con el objetivo de mantener su posición. Pero raramente han sido capaces, hablando y razonando, de detectar los problemas colectivos en verdad acuciantes, ni de tejer complicidades con las que atacarlos y resolverlos. Porque ya han convertido las palabras en cáscaras vacías. Y el presente, en un nuevo teatro del absurdo.

(Publicado en "La Vanguardia" el 24 de marzo de 2019)