Cara de imputado

20.07.2014 | Opinión

Estoy mirando la foto de

un líder del PRI mexicano destituido a raíz de un caso de prostitución, tras una larga y tortuosa carrera como violador y depravado sexual. Digamos que con la cara paga. Carece de cuello, tiene los dientes separados y unos ojos diminutos pero que inspiran terror. Sus esféricos mofletes y su oronda papada apenas ocultas tras una perilla, le borran el contorno de la mandíbula. Visto de frente, su rostro reproduce la sección de una jugosa e inocente pera. Y, sin embargo, todo en esta faz sugiere crueldad, abuso y deshonor. Si la cara es el espejo del alma, la de este tipo debe ser negra como el carbón. Parece la de un malo de tebeo. Casi una caricatura del mal.

Cada día, a eso de las siete de la tarde, el director de La Vanguardia se reúne con su equipo para perfilar la portada de la edición del día siguiente. Uno de los rituales de dicha reunión consiste en visionar las fotos que optan a ilustrar la portada, y que a tal fin se proyectan, ampliadas, sobre una pantalla. Escenas bélicas, políticas, culturales o deportivas se suceden sobre dicha superficie, muchas de ellas protagonizadas por personajes públicos, por rostros ya familiares, de todos bien conocidos. A veces se cuelan otras, de figuras anónimas o, sencillamente, de menor notoriedad. Viendo una de estas últimas me pregunté: ¿quién es este hombre? Y, sin saber por qué, espontáneamente, me respondí: “Un imputado”. Así era, en efecto. Tras leer el pie de foto, comprobé que se trataba de un imputado, de uno de esos sujetos que a base de merodear por la administración, sin escrúpulos y dispuestos a meter mano en la caja común, acaban involucrados en cualquiera de los miles y miles de casos de corrupción que envilecen la vida española: agentes de un cáncer social que las autoridades políticas a menudo consienten y las judiciales combaten con medios o entusiasmo siempre insuficientes.

A primera vista, mi imputado era un hombre normal. Vestía un traje de confección, acarreaba sobrepeso, llevaba el nudo de la corbata torcido, necesitaba un corte de pelo y en su mirada huidiza podía adivinarse el nerviosismo de quien se sabe descubierto y expuesto al mundo tras cometer una fechoría. No parecía un degenerado ni un fundamentalista criminal ni un psicópata ni un asesino en serie. Parecía un ciudadano tirando a corriente. Pero había algo en su expresión, en sus andares, en su incomodidad, que le revelaban como lo que era: un corrupto imputado camino de los juzgados. Y yo ya he visto fotografiados a tantos individuos de esa ralea, aparentemente ordinarios, sin huellas de navajazos en la mejilla ni parches sobre el ojo, que ya soy, a veces, capaz de identificarlos a primera vista.

Qué suerte tengo de ser tan sagaz, me dije. Y qué tristeza produce vivir en un país donde los delincuentes ya tienen una apariencia casi normal.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 20 de julio de 2014)