Candidato Trump

05.07.2015 | Opinión

Falta casi un año y medio para las presidenciales de EE.UU., pero el carnaval preelectoral ya está en marcha. Un análisis inicial de los candidatos que aspiran a las nominaciones demócrata y republicana arroja dos posibles conclusiones. Primera: en un país que nació refractario a la tradición monárquica, las dinastías políticas abundan. Hilllary Clinton, principal aspirante demócrata, es esposa del expresidente Bill Clinton (1993-2001). Y Jeb Bush, quizás el republicano con más posibilidades, es hijo del expresidente George H. W. Bush (1989-1993)y hermano del expresidente George W. Bush (2001-2009). La segunda conclusión es que la meritocracia sobre la que se ha construido el sueño americano es un arma de doble filo. Por una lado permite a cualquiera tomar el ascensor hasta la planta superior del edificio social. Pero, por otro, permite también acceder a la carrera a personajes de conducta detestable como el millonario Donald Trump.

Trump presentó su candidatura semanas atrás con un discurso que la prensa moderada adjetivó de excéntrico, pero que también merecía los calificativos de xenófobo, populista y mentiroso. Trump pretendió sumar apoyos centrando su “speech” en una ristra de insultos a México, país al que acusó de enviar a sus peores criminales, traficantes de drogas y violadores, hasta convertir EE.UU. en un vertedero. Y propuso construir una gran muralla que blinde la frontera entre ambos países. A modo de guinda destinada a sus compatriotas no racistas, redondeó su discurso con promesas de recortar el gasto en sanidad y educación.

Hay que ser melón para iniciar la carrera electoral incomodando a los doce millones de mexicanos que viven en EE.UU. Hay que tener dinero para gritar sin manías lo que otros republicanos piensan y callan. Y hay que ser melón también para pretender que, hoy en día, el mejor método para cerrar los 3.142 kilómetros de frontera entre EE.UU. y México es el mismo que empezó a usarse en China tres milenios atrás, cuando se pusieron los primeros bloques de la Gran muralla. Pero Trump es así. Cree que el hecho de haber amasado una fortuna de miles de millones de dólares en el sector inmobiliario, edificando torres como la ue lleva su nombre en la Quinta Avenida de nueva York, o en el sector de los casinos, y el hecho de poder pagarse varias campañas sin otros donantes, ya le autoriza a decir lo que le viene en gana.

Ganar dinero no es fácil. Esto puedo confirmarlo personalmente. Pero ganarlo a espuertas, como ha hecho Trump, no hace de nadie el candidato ideal para dirigir un país, tarea ea en la que además de astucia se requiere inteligencia, arrojo y compasión. Por no hablar de que el dinero se puede ganar de muchas maneras, siendo unas más edificantes que otras. Y, en este caso, al usar la palabra “edificante” no me estoy refiriendo a nada relacionado con la pasión constructora de Trump, ni con el propio Trump. No digo más.

 

(Publicado en “La Vanguardia” el 5 de julio de 2015)